Un multimillonario vio a una niña negra sentada sola en un evento de entrega de regalos navideños. ¿Qué hizo después?
Parte 1
La niña seguía sentada sola cuando ya habían apagado las luces del árbol y el último villancico se había perdido entre las sillas vacías del Centro Comunitario San Jacinto, en una colonia humilde de Puebla.
Don Rodrigo Salvatierra, empresario conocido por donar juguetes cada diciembre, se detuvo en la puerta con el abrigo sobre el brazo. Ya iba rumbo a su camioneta cuando la vio: una niña de unos siete años, con trenzas apretadas, suéter gastado color rosa y un papel arrugado entre las manos.
—¿Qué hace esa niña todavía aquí? —preguntó en voz baja.
Mariana, su asistente, miró hacia el fondo del salón.
—Tal vez espera a alguien.
Rodrigo no se movió. Las mesas donde antes había montones de regalos estaban vacías. Los voluntarios recogían vasos de ponche, platos de tamales y restos de confeti de la posada. Todos los niños se habían ido con bolsas, muñecos, carritos o cajas envueltas.
Todos menos ella.
Rodrigo caminó despacio hasta la última fila. No quiso asustarla.
—Hola, pequeña —dijo con suavidad—. ¿Cómo te llamas?
La niña levantó la mirada. Tenía los ojos grandes, cansados, como si hubiera aprendido demasiado pronto a no molestar.
—Lupita —susurró—. Lupita Cruz.
—¿Y por qué sigues aquí sola, Lupita? ¿Ya te dieron tu regalo?
Ella apretó el papel contra sus rodillas.
—No, señor.
Rodrigo sintió un nudo en el pecho.
—¿No te dieron nada?
Lupita negó con la cabeza.
—El señor de la lista dijo que mi nombre estaba tachado. Dijo que ya no quedaban regalos.
Rodrigo extendió la mano con cuidado.
—¿Puedo ver tu papel?
La niña dudó, mirando hacia la mesa principal, donde un hombre de chaleco verde guardaba carpetas en una caja. Luego le entregó el comprobante.
Rodrigo leyó: “Posada Navideña San Jacinto. Participante: Guadalupe Cruz. Regalo reservado. Mesa B. Código B17.”
Reservado.
La palabra parecía gritar desde el papel.
—Lupita —dijo Rodrigo, mirándola a los ojos—, tú no llegaste tarde.
La niña parpadeó, como si nadie le hubiera dicho algo tan simple en toda la noche.
Antes de que pudiera responder, dos jóvenes voluntarios se acercaron con nervios. Una muchacha de chamarra roja habló primero.
—Señor… yo la vi. Ella estuvo aquí desde temprano. Nunca llamaron su nombre.
El muchacho a su lado asintió.
—Sí. Don Evaristo tenía la hoja de la B. Él dijo que ya no había regalos, pero todavía quedaban cajas debajo de la mesa.
El hombre del chaleco verde oyó su nombre y se acercó con una sonrisa tiesa.
—Don Rodrigo, pensé que ya se había ido.
—Yo también —respondió Rodrigo—. Hasta que vi a esta niña.
Evaristo Molina, coordinador de voluntarios, miró a Lupita con fastidio disimulado.
—Ya le expliqué. Su nombre estaba tachado. A veces los papás llenan mal los formatos.
Lupita bajó la cabeza.
Rodrigo levantó el comprobante.
—Aquí dice regalo reservado.