El mapa.
Mi papá era arquitecto restaurador. Cuando tenía problemas, se encerraba en su estudio, frente a la chimenea, mirando un viejo mapa de la Ciudad de México colgado sobre la pared. Decía que las casas antiguas siempre contaban la verdad, solo había que saber dónde tocar.
Entré al estudio. Todo olía a cedro, papel viejo y tabaco apagado. Revisé cajones, libros, carpetas, marcos, debajo del escritorio. Nada.
Pasaron horas.
Cerca de la medianoche, rendida, me senté frente a la chimenea. Recordé a mi papá golpeando suavemente algunos ladrillos cuando restauraba muros. Me acerqué y pasé los dedos por la cantera oscura.
Entonces uno de los bloques se hundió apenas.
Escuché un clic.
Tiré con cuidado. Detrás había un hueco pequeño. Dentro encontré un sobre grueso con mi nombre escrito por mi papá y una memoria USB plateada.
Abrí la carta temblando.
“Mi Marianita: si estás leyendo esto, Graciela ya intentó quedarse con la casa. Perdóname por no haberte contado antes. Necesitaba que ella creyera que había ganado. Mi enfermedad no fue natural. Estoy casi seguro de que me está envenenando.”
El papel se me cayó.
No pude respirar.
Mi papá lo sabía. Sabía que lo estaban matando y aun así se quedó callado para protegerme.
Metí la USB en mi laptop. Había carpetas por fechas. Videos. Estados de cuenta. Correos. Abrí el primer archivo.
La cámara apuntaba a la cocina. Mi papá estaba sentado en la barra, delgado, cansado, leyendo el periódico. Graciela entraba con una taza de té. Miraba hacia atrás, sacaba un frasquito del bolsillo de su bata y dejaba caer unas gotas transparentes.
Luego le daba la taza con un beso en la frente.
Me tapé la boca para no gritar.
Abrí otro archivo. Y otro. La misma escena, distintos días. También había transferencias a cuentas en Panamá, mensajes enviados desde correos falsos y documentos manipulados para hacer parecer que yo había robado dinero de la empresa familiar.
Entonces escuché un sonido.
La cerradura principal.
Alguien estaba abriendo la puerta con llave.
Agarré el atizador de bronce de la chimenea y apagué la luz. Los pasos avanzaron por el pasillo.
“Mariana”, cantó Graciela desde afuera del estudio. “Sé que estás ahí. Abre la puerta.”
No contesté.