“Tu papá era un viejo desconfiado”, dijo, golpeando la madera con las uñas. “Me dijo una vez que guardaba algo para días difíciles. Dame lo que encontraste y quizá no te hunda con esos papeles falsos.”
Miré la pantalla: justo estaba pausado el video donde ella envenenaba a mi padre.
De pronto, el miedo se convirtió en rabia.
Abrí la puerta.
Graciela sonrió, hasta que vio la USB en mi mano.
“Tenías razón”, le dije. “Mi papá sí escondió algo. Pero no era dinero. Eras tú.”
Su cara se descompuso.
Y lo que hizo después fue tan desesperado que nadie habría podido imaginar el final.
PARTE 3
Graciela se lanzó sobre mí para arrebatarme la memoria.
Me hice a un lado y levanté el atizador. No la golpeé, pero bastó para que retrocediera. Sus ojos iban de mi mano a la laptop, de la laptop a la puerta, como un animal acorralado buscando salida.
“Eso no prueba nada”, escupió. “Tu papá estaba senil. Tú manipulaste todo.”
“Hay videos con fecha. Hay análisis privados de sangre. Hay correos tuyos. Hay cuentas. Hay todo.”
Por primera vez, Graciela perdió la máscara.
“¡Él ya estaba débil!”, gritó. “¡Yo solo aceleré lo que iba a pasar! ¿Sabes lo que fue soportar sus historias, sus medicinas, su hija metida siempre en medio? ¡Yo me gané esa casa!”
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
“¿Te ganaste matar a mi padre?”
Ella respiraba agitada. Su peinado perfecto se había deshecho. Ya no era la viuda elegante que lloraba en misa con lentes oscuros. Era la mujer que había besado la frente de mi papá mientras le daba veneno.
“Si entregas eso”, dijo con voz baja, “vas a destruir su memoria. Todos hablarán del escándalo. Los noticieros, los vecinos, la familia. Roberto Salazar será recordado como el hombre engañado y asesinado por su esposa.”
“No”, respondí. “Será recordado como el hombre que protegió a su hija hasta el último día.”
Saqué mi celular.
“Ya mandé copias al licenciado Herrera.”
Era cierto. Mientras ella golpeaba la puerta, había alcanzado a enviar los archivos más importantes.
Graciela palideció.
“No…”