Y Rodrigo entró con los ojos desorbitados, justo cuando los policías gritaban desde la sala.
Lo que vi en su mano me dejó sin aire, y supe que si alguien no llegaba en ese segundo, Mateo y yo no íbamos a contar la tercera parte.
PARTE 3
“¡Suelta eso!”, grité con la poca voz que me quedaba.
Rodrigo tenía en la mano el frasco que había sacado de la basura. No sé si quería esconderlo, destruirlo o usarlo para terminar lo que empezó. Solo sé que sus ojos ya no eran los del hombre con quien me casé. Eran los de alguien desesperado por no perder.
Mateo se aferró a mi blusa.
“Papá, por favor…”
Esa súplica lo detuvo apenas un segundo.
Un segundo fue suficiente.
Dos policías entraron por el pasillo y lo apuntaron.
“¡Al suelo! ¡Ahora!”
Rodrigo intentó decir algo, pero uno de los oficiales lo derribó contra el azulejo. El frasco rodó debajo del lavabo. Fernanda, desde el pasillo, gritaba que ella no había hecho nada, que Rodrigo la había obligado, que todo era culpa de él.
Mentía tan rápido como respiraba.
Los paramédicos entraron detrás. Uno tomó a Mateo en brazos. Otro me puso una mascarilla de oxígeno y me preguntó qué habíamos comido. Yo señalé la cocina.
“Pollo en salsa verde… él lo preparó.”
La casa que durante años había sido mi refugio parecía una escena de crimen. El mantel tirado, los platos rotos, la salsa verde extendida sobre el piso como una mancha absurda, las luces de las patrullas entrando por las ventanas.
Cuando sacaron a Rodrigo esposado, me miró.
No había arrepentimiento en su cara.
Solo rabia.
“Me arruinaste la vida”, me dijo.
Yo no tuve fuerzas para gritarle. Solo lo miré y entendí algo terrible: para él, los culpables éramos nosotros por haber sobrevivido.
En el hospital, las siguientes horas fueron borrosas. Sueros, doctores, preguntas, policías tomando declaraciones. Mateo dormía con una vía en el brazo y una enfermera vigilándolo cada pocos minutos. Yo no podía dejar de mirarlo. Tenía miedo de que si parpadeaba, el mundo volviera a quitármelo.
Al amanecer, una detective llamada Salazar entró a mi cuarto.
“Señora Mariana, encontramos el envase en el baño y restos de la sustancia en la basura. También hay mensajes entre su esposo y Fernanda.”
No pregunté si era grave. Ya lo sabía.
La detective continuó:
“Habían planeado esto desde hace semanas. Su esposo contrató una póliza de seguro a nombre de usted y de su hijo. También había comprado boletos para salir del país mañana por la noche.”
Cerré los ojos.
La verdad no dolía como una explosión. Dolía como una gotera constante, como algo que cae una y otra vez hasta partir una piedra.
Más tarde supe que Fernanda había trabajado antes en una empresa donde podía conseguir químicos de uso industrial. Ella insistió en que no sabía que Rodrigo iba a usarlo contra un niño. Pero los mensajes la hundieron.
“Cuando el niño ya no esté, nadie podrá quitarte la casa”, le había escrito.
El niño.
Ni siquiera escribió su nombre.