Mi esposo nos dio un beso de buenas noches después de envenenarnos a mi hijo y a mí con un plato de pollo en salsa verde, tomó su teléfono y murmuró: “Ya está hecho… pronto los dos habrán desaparecido.” Y yo, tendida allí en el suelo, ni siquiera me atrevía a respirar.

PARTE 1

“Cómete todo, Mariana… esta cena la preparé especialmente para que tú y Mateo duerman como angelitos.”

Eso fue lo último que dijo Rodrigo antes de sonreírme desde el otro lado de la mesa, con una calma tan perfecta que me heló la sangre.

Vivíamos en una casa bonita en una privada de Zapopan, de esas donde los vecinos creen que las tragedias solo pasan en las noticias. Esa noche, la cocina olía a cilantro fresco, ajo, chile verde y tortillas recién calentadas. Rodrigo había preparado pollo en salsa verde, arroz blanco y agua de manzana para Mateo. Todo se veía demasiado bonito, demasiado cuidado, demasiado perfecto.

Mi hijo, con sus siete años y su uniforme todavía arrugado de la escuela, estaba feliz.

“Papá hoy cocina como chef de restaurante caro”, dijo Mateo, riéndose mientras se subía a la silla.

Rodrigo le acarició la cabeza con una ternura que, por primera vez en años, no me pareció tierna. Me pareció ensayada.

“Ustedes dos se merecen lo mejor”, respondió él, acomodando mi plato frente a mí.

Yo intenté sonreír. Desde hacía semanas, Rodrigo estaba raro. Llegaba tarde, escondía el celular, se bañaba apenas entraba a la casa y decía que eran juntas de trabajo. Pero no era solo eso. Había una frialdad nueva en su forma de mirarme, como si yo ya no fuera su esposa, sino un problema que estaba calculando cómo resolver.

“¿Y tú no vas a comer?”, le pregunté al notar que su plato seguía casi intacto.

“No tengo mucha hambre”, dijo, sin levantar los ojos del celular. “Pero quiero ver que ustedes disfruten.”

La frase me incomodó.

Mateo empezó a contarme que en el recreo un niño se había caído jugando futbol y que todos se rieron porque se levantó lleno de tierra. Yo traté de escucharlo, pero sentí una pesadez extraña en los brazos. Como si alguien me hubiera llenado las venas de arena.

Entonces Mateo dejó caer el tenedor.

“Mamá… me duele la pancita.”

Intenté pararme, pero mis piernas no respondieron. La silla se fue hacia atrás y yo caí al piso, jalando el mantel conmigo. Los platos se rompieron. El vaso de Mateo se volcó sobre la mesa.

“Rodrigo… ayúdanos”, alcancé a decir.

Pero él no corrió hacia nosotros.

Se levantó despacio.

Mateo cayó de lado sobre el tapete, con los ojos entreabiertos y la respiración débil. Yo quise gritar, quise arrastrarme hacia él, pero mi cuerpo no obedecía. Solo podía mirar desde el piso frío de la cocina.

Rodrigo se acercó a mí y me empujó suavemente con la punta de su zapato.

“Tranquila, Mariana”, murmuró. “Ya casi acaba.”

Mi corazón empezó a golpearme el pecho con una violencia desesperada.

Entonces él tomó su celular de la barra de granito y marcó.

“Ya está hecho”, dijo en voz baja. “Los dos comieron. En un rato se van a ir.”

Del otro lado escuché una voz de mujer.

“¿Estás seguro?”

“Claro que estoy seguro. Va a parecer una intoxicación accidental. Nadie va a sospechar.”

Sentí que el mundo se me rompía por dentro. No era una pesadilla. Mi esposo, el padre de mi hijo, el hombre con quien había dormido durante diez años, nos había puesto veneno en la comida.

“Por fin vamos a poder irnos juntos”, dijo la mujer.

Rodrigo suspiró como si acabara de quitarse un peso enorme.

“Ya no aguanto esta vida. Mariana nunca me habría dejado libre.”

Quise mover un dedo. Quise tomar la mano de Mateo. Quise hacer algo. Pero permanecí inmóvil, fingiendo estar más inconsciente de lo que estaba.

Rodrigo se agachó cerca de mi rostro.

“Buenas noches, Mariana.”

Después caminó hacia la puerta principal. Escuché las llaves, el clic de la cerradura y luego silencio.