“Mariana”, dijo Rodrigo, usando esa voz falsa que antes reservaba para las reuniones familiares. “Ábreme. Vamos a hablar.”
No respondí.
“Sé que estás ahí con Mateo.”
Fernanda se acercó.
“Rodrigo, vámonos. Si llamó a alguien, ya perdimos.”
“¡Cállate!”
El primer golpe contra la puerta hizo que Mateo soltara un llanto ahogado.
“¡Abre la puerta!”, gritó Rodrigo. “¡No hagas esto más difícil!”
Yo miré hacia el lavamanos. Sobre el mármol había unas tijeras pequeñas de manicure. Las tomé con una mano temblorosa, aunque sabía que eso no iba a detener a un hombre fuera de sí. Pero era lo único que tenía.
Entonces recordé el mensaje: revisa la basura.
No podía salir. No podía moverme. Pero antes de encerrarnos, mientras me arrastraba por el pasillo, había visto algo tirado junto al bote: una cajita blanca, doblada, casi escondida bajo servilletas manchadas de salsa verde.
La prueba existía.
La operadora me preguntó si seguía en línea.
“Sí”, susurré. “Está golpeando la puerta.”
“Las unidades están entrando a su privada.”
Rodrigo oyó algo afuera, porque de pronto dejó de golpear.
“¿Qué hiciste, Mariana?”
Su voz ya no fingía amor. Era puro odio.
“¿Llamaste a la policía?”
Fernanda empezó a llorar.
“Rodrigo, por favor. Dijiste que esto iba a ser limpio. Dijiste que nadie sufriría.”
“¡Sufriríamos nosotros si ella seguía viva!”, gritó él.
Esa frase se me clavó como un cuchillo.
Luego vino el twist que terminó de romperme.
Fernanda dijo:
“Todo esto por la casa de tu papá… por el seguro… por la cuenta que ella ni siquiera sabía que tenías.”
Me quedé helada.
¿Casa de su papá? ¿Seguro? ¿Cuenta?
Rodrigo había estado vaciando nuestras cuentas durante meses, sí. Yo lo había sospechado. Pero no sabía que había más. No sabía que había puesto mi nombre y el de Mateo en una póliza. No sabía que nuestra muerte tenía precio.
“Ella no iba a firmar el divorcio sin quedarse con la mitad”, dijo Rodrigo. “Y el niño… el niño era un problema.”
Mateo levantó la mirada hacia mí. Sus ojos estaban llenos de una confusión que ningún niño debería sentir jamás.
“¿Yo era un problema?”, murmuró.
Me ardió el alma.
Antes de que pudiera responder, Rodrigo embistió la puerta con el hombro. La madera crujió.
“¡Mariana, abre ahora mismo!”
Las luces rojas y azules comenzaron a filtrarse por la pequeña ventana del baño. Yo escuché frenos afuera, voces, botas corriendo.
Pero Rodrigo también las escuchó.
Y en vez de huir, se volvió más peligroso.
“Si yo caigo, ustedes no salen de aquí”, dijo.
La cerradura cedió con un chasquido horrible.
La puerta se abrió de golpe.