La Niña Sin Pupilas Que Vio Después De La Bendición De Padre Pío-mdue

 

Hay historias que llegan al mundo como una noticia y otras que llegan como una grieta. La de Gemma de Giorgi pertenece a la segunda clase, porque no pide ser adornada para inquietar.

Basta decir lo esencial: nació sin pupilas, fue considerada ciega por médicos, viajó hasta San Giovanni Rotondo en 1947 y volvió viendo con ojos que seguían pareciendo incapaces de ver.

Gemma nació el día de Navidad de 1939, en Sicilia. La fecha, por sí sola, habría bastado para que su familia la recordara con ternura, pero pronto quedó marcada por otra cosa más dura.

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Cuando tenía tres meses, su madre la bañaba y notó que los ojos de la niña no respondían como debían. No seguían el movimiento, no devolvían reflejos, no parecían recibir la luz.

Primero acudieron a un médico local. Después llegaron los especialistas en Palermo. Ninguno ofreció una esperanza distinta. El diagnóstico fue grave, definitivo y anatómico: Gemma carecía de pupilas.

La palabra médica describía una condición que, para una familia común, se traducía en una frase imposible de suavizar: la niña no podía ver y no había tratamiento conocido que pudiera cambiarlo.

Sin pupila, la luz no entra al ojo como debe. Sin luz, la retina no recibe imagen. Sin imagen, el nervio óptico no entrega al cerebro aquello que llamamos mundo.

Gemma creció en una casa donde las cosas tenían voz, olor y textura antes que forma. Su madre era una respiración cercana. Su abuela era una mano firme. El exterior era sonido.

No conocía el color del mar, aunque vivía en una isla. No conocía el rostro de quienes la besaban. No sabía si el pan era redondo o alargado hasta tocarlo.

La familia rezaba, como rezan las familias cuando la medicina ya no les deja otra puerta abierta. Pero rezar no borraba los informes ni cambiaba los ojos pálidos de la niña.

En aquellos años, el nombre de padre Pío de Pietrelcina recorría Italia con una mezcla de devoción, sospecha y desconcierto. No era una celebridad cómoda. Era un problema vivo para creyentes y escépticos.

Vivía en el convento de Santa María de las Gracias, en San Giovanni Rotondo, un lugar pobre y aislado del sur de Italia que empezó a llenarse de peregrinos sin que nadie pudiera detenerlo.

El motivo principal eran sus heridas. Desde el 20 de septiembre de 1918, según su propio testimonio, padre Pío llevaba en las manos, los pies y el costado las llagas de la pasión.

Durante años, médicos fueron enviados para examinarlas. Luigi Romanelli redactó observaciones clínicas. Giorgio Festa las estudió en 1919 y 1920. Otros las revisarían después, sin encontrar una explicación satisfactoria.

Las heridas sangraban, no se infectaban y no cicatrizaban de la manera esperada. Para sus fieles, eran un signo. Para sus críticos, una acusación pendiente. Para los médicos, un caso incómodo.

La Iglesia tampoco lo trató siempre como santo en vida. Hubo restricciones, investigaciones y silencios impuestos. Padre Pío fue vigilado precisamente porque los fenómenos que lo rodeaban eran demasiado grandes para aceptarlos sin examen.