“Firma aquí, vieja, es para tu pensión.” Me apuró mi hijo empujando el papel en la notaría, pero leí la palabra venta. Soy Eulalia, 69 años, dueña del rancho. Él ignora a quien marqué desde el baño hace un minuto. Todo había empezado esa misma mañana, mucho antes de que el sol terminara de calentar la tierra roja de mi propiedad, el rancho Los Cántaros. Yo estaba 2004 en la cocina colando el café de olla como lo he hecho durante los últimos 40 años. Cuando escuché el rugido del motor, era la camioneta de Ramiro, mi hijo menor, una camioneta demasiado grande, demasiado brillante y, como casi todo en su vida, comprada a base de deudas que no podía pagar.ouahib Entró por la puerta de mosquito, haciendo un ruido tremendo, trayendo consigo ese olor a loción cara que siempre me ha parecido, que huele a desesperación y a limón agrio.
No hubo un buenos días, mamá, ni un beso en la frente, solo una prisa nerviosa que le hacía sudar la frente a pesar del frío de la mañana. Ponte los zapatos buenos, mamá”, me dijo agarrando mi suéter de lana del respaldo de la silla. “Hoy se vence el plazo del gobierno para actualizar los datos de tu pensión de viudez. Si no firmamos hoy, te la quitan y no estamos para perder dinero. Yo no quería ir. Tenía que supervisar a los muchachos que iban a vacunar a los becerros y el huerto de aguacates necesitaba riego. Pero Ramiro insistió con esa voz suave y manipuladora que aprendió a usar desde niño cuando quería sacarme dinero para sus caprichos. Me dijo que sería rápido, que él ya tenía todo arreglado con un licenciado en la ciudad, que solo era cuestión de @poner un garabato en un papel y regresaríamos antes del mediodía.
Así que, por el amor ciego que una madre le tiene a sus hijos, me limpié las manos en el delantal, me puse mis zapatos negros de salir y me subí a su camioneta. El camino a la ciudad fue tenso. Ramiro manejaba rápido, rebasando camiones en la carretera de dos carriles, golpeando el volante con los dedos al ritmo de una música en inglés que sonaba demasiado fuerte. Yo miraba por la ventana como mis árboles de aguacate, verdes y frondosos, iban quedando atrás, reemplazados poco a poco por el gris del pavimento, los espectaculares despintados y el humo de los escapes. Mi difunto esposo Fausto y yo habíamos levantado Los Cántaros desde que era un pedazo de tierra lleno de piedras. Nos costó sangre, sudor y las rodillas, pero logramos hacer de él un rancho próspero: 50 cabezas de ganado y 10 hectáreas de aguacate de primera calidad.
Era mi vida entera, mi orgullo y mi tranquilidad para la vejez. Llegamos a una notaría en el centro de la ciudad. El lugar estaba helado. El aire acondicionado zumbaba como un enjambre de abejas enojadas y el ambiente olía a papel viejo, mezclado con un aromatizante de pino artificial que me picaba en la nariz. Nos pasaron a una oficina con sillas de cuero negro que se me pegaban a la falda. Detrás del escritorio había una asistente con uñas postizas larguísimas pintadas de un rojo escandaloso que tecleaba en su computadora sin siquiera mirarnos a los ojos. Aquí están los documentos, señora”, dijo la mujer con voz aburrida, dejando caer un fajo de hojas gruesas sobre el escritorio. “El licenciado ya revisó todo, solo tiene que firmar en las cruces azules y poner su huella en la última página.” Ramiro se inclinó sobre el escritorio casi de inmediato.
Su respiración era agitada. Puso su mano grande y sudada sobre la parte superior de las hojas, cubriendo el encabezado. Con la otra mano me acercó una pluma de metal pesado, de esas que parecen costar más que la comida de un mes. “Firma aquí, vieja, es para tu pensión y el apoyo del campo que da el gobierno”, me dijo golpeando con el dedo índice la parte inferior de la hoja. Rápido, que tengo una reunión con unos socios y ya vamos tarde. Había algo en su tono, una urgencia rasposa que encendió una alarma en mi pecho. Soy una mujer de campo, pero no soy ninguna ignorante. Toda mi vida he sabido que el se esconde en las prisas. Además, la palabra vieja salió de su boca con un desprecio que me dolió más que una bofetada. No era un apodo de cariño, era una declaración de inutilidad.
Para él, yo ya no era su madre, era un estorbo que respiraba. Metí la mano en mi bolsa de cuero gastado y saqué mi estuche. Era un estuche de anteojos de Carey roto, reparado en la bisagra con un pedacito de alambre de cobre que yo misma le había puesto. Saqué mis lentes de lectura y me los acomodé en el puente de la nariz. Ramiro resopló rodando los ojos. Ay, mamá, por el amor de Dios. Vas a tardar horas si te pones a leer todo eso. Es un machote estándar del gobierno, pura palabrería legal. Confía en mí, soy tu hijo. El que confía en exceso se queda sin calzones, decían en mi pueblo. Le respondí con calma, apartando su mano sudada del papel con firmeza. Bajé la vista. Las letras negras y gruesas del encabezado parecían saltar del papel para golpearme directo en los ojos.
No decía secretaría de bienestar. No decía pensión de viudez. Decía contrato de compraventa de bien inmueble. Mis ojos viajaron rápidamente por los siguientes renglones, ignorando el zumbido del aire acondicionado, que de pronto me pareció ensordecedor. Vi mi nombre completo como la parte vendedora. Vi el nombre de una empresa que no conocía como la parte compradora. Vi la descripción del predio Rancho Los Cántaros, municipio de San Juan de las Manzanas, y vi el precio, una cantidad ridícula, ni la décima parte de lo que valía la tierra y mucho menos lo que valían mis animales y mis árboles. El golpe me dejó sin aire, como si me hubiera pateado un caballo directamente en el pecho. El estómago se me revolvió con una violencia que casi me hace vomitar.
Mi propio hijo, el niño al que le curaba las rodillas raspadas con sábila, el muchacho por el que pasé noches en vela cuando le daba asma de chiquito, me había traído con engaños para robarme mi casa, mi tierra, mi sustento. Quería dejarme en la calle, seguramente para saldar sus deudas de juego o para mantener esa vida de lujos falsos que tanto le obsesionaba aparentar. El dolor de la traición era tan profundo que sentí un nudo en la garganta del tamaño de una nuez. Por un segundo, la tristeza amenazó con desbordarse en lágrimas, pero entonces la tristeza se enfrió. Se congeló hasta convertirse en una rabia dura, afilada y silenciosa. No iba a llorar. Las lágrimas no salvan los ranchos y el llanto no detiene a los cobardes.
¿Qué pasa, mamá? Ya, firma, por favor. Me están esperando, insistió Ramiro, su voz temblando ligeramente por la impaciencia. Solté el papel y me llevé las manos al estómago, encorvando la espalda y apretando los ojos. Ay, hijo, ay, Dios santo, gemí, fingiendo un tono de dolor agudo. Ese café de olla me cayó como plomo en el estómago. Siento un retorcijón tremendo. Me anda urgiendo ir al baño. La cara de Ramiro se contorcionó en una mezcla de asco y frustración. Ahorita. Mamá, no inventes. Aguántate 5 minutos. El notario nos va a cobrar extra si le hacemos perder el tiempo. No puedo, Ramiro, de verdad, no puedo. Me voy a ensuciar aquí mismo, dije levantándome de la silla con dificultad, apoyándome en el escritorio como si apenas pudiera tenerme en pie.