El mármol estaba tan frío que Mateo no podía quedarse quieto ni siquiera cuando ya no le quedaban fuerzas para gritar.
Se doblaba sobre sí mismo, con las dos manos clavadas en el abdomen, mientras su respiración salía cortada y su frente húmeda rozaba la alfombra junto a la cama.
La habitación olía a sábanas revueltas, sudor de fiebre y atole demasiado dulce.
También olía a miedo.
Santiago Del Valle estaba de pie a un metro de su hijo, con el celular en la mano y la mandíbula apretada como si pudiera contener el derrumbe de su casa solo cerrando la boca con fuerza.
Durante años había dirigido juntas donde hombres mayores que él se quedaban callados cuando él hablaba.
Había comprado terrenos, hoteles, edificios completos y voluntades que nadie admitía en voz alta.
Pero a las 3:14 de la madrugada, frente a su único hijo de 10 años tirado en el piso, no tenía poder.
No tenía respuesta.
No tenía más paciencia.
—¡Sácalo de mi panza, papá! —gritó Mateo, ronco, con un sonido que no parecía salir de un niño sino de alguien atrapado bajo tierra—. ¡Está moviéndose! ¡Me está mordiendo!
Santiago cerró los ojos un segundo.
Ese mismo grito llevaba 4 noches atravesando la mansión.
La primera noche pensó que era indigestión.
La segunda llamó al médico privado.
La tercera manejó hasta el Hospital Ángeles con Mateo abrazado contra el pecho, sintiendo el cuerpo de su hijo tensarse una y otra vez como si algo invisible lo torciera desde dentro.
La cuarta ya no pensó con claridad.
Volvieron a casa con una carpeta gris llena de resultados que decían casi lo mismo con palabras distintas: sin obstrucción, sin lesión visible, sin hallazgos urgentes.
Santiago había leído esas hojas en la cocina, en el estudio, en el pasillo, buscando una frase que no estuviera ahí.
Isabela se la había puesto fácil.
Demasiado fácil.
—No es el cuerpo, amor —le había dicho, tocándole el hombro con ternura calculada—. Es la mente.
Ella llevaba 6 meses como esposa de Santiago y 6 meses midiendo la casa con ojos de dueña nueva.
No gritaba.
No tenía que hacerlo.
Cada cosa que decía venía envuelta en calma, como si el mundo entero fuera inmaduro y ella la única adulta en la habitación.
Mateo nunca había confiado en ella.
Al principio Santiago pensó que era normal.
Un niño que había perdido la casa de antes, la rutina de antes y la idea de tener a su papá solo para él podía resistirse a cualquier mujer que entrara con maletas, perfume caro y planes de cambiarlo todo.
Luego Mateo empezó a dejar comida en el plato.
Después empezó a preguntar quién había preparado cada taza.
Y cuando una noche rechazó el atole que Isabela le llevó a la cama, ella soltó una risa pequeña.
—Ay, mi vida. No me digas que ahora también te doy miedo.
Mateo no contestó.
Solo miró el vaso.
Esa mirada debió bastarle a Santiago.
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