Un bebé se pegaba la cara a la pared cada hora, siempre en el mismo punto exacto

—Ahí… hay… alguien.

Las palabras salieron torpes, casi susurradas.

Pero fueron suficientes.

El aire de la habitación cambió.

David sintió cómo se le helaba la sangre.

—¿Qué has dicho, cariño? —preguntó, acercándose despacio.

Mateo no lo miró.

Seguía señalando la pared.

—Ahí… hay… alguien.

La doctora Martínez se puso de pie lentamente.

—David… ¿puedes cogerlo, por favor?

David obedeció al instante. Levantó a su hijo y lo abrazó con fuerza. Mateo se aferró a su camiseta, pero no dejaba de mirar ese mismo punto.

La psicóloga se acercó a la pared.

Pasó la mano por la superficie.

Nada.

Pero se quedó quieta.

—¿Notas esto? —preguntó.

David se acercó, aún con el niño en brazos.

Y entonces lo sintió.

Frío.

Un frío distinto.

No era corriente de aire.

Era como… un hueco.

—Aquí detrás hay algo —dijo ella, firme.

David no dudó.

Fue al garaje, cogió una herramienta y volvió con las manos temblando. Miró una última vez a su hijo… y golpeó la pared.

El sonido no era sólido.

Era hueco.

Un segundo golpe.

El yeso se agrietó.

Un tercero.

La pared cedió.

Un trozo cayó al suelo.

Y detrás…

Había oscuridad.

Un espacio estrecho.

Un hueco oculto dentro del muro.

David encendió la linterna del móvil y apuntó hacia dentro.

Lo que vio… le dejó sin aire.

Había objetos.

Pequeños.