Su esposo durmió en el piso por 2 años para atraer riqueza, hasta que una madrugada ella vio a la enorme serpiente en su lugar

PARTE 2

Se quedó petrificada junto a la cama King size, con los pies descalzos congelados sobre la madera y las manos temblando tan violentamente que tuvo que apoyarse en la pared para no colapsar.

La serpiente era una monstruosidad. Mucho más grande y gruesa que cualquier reptil que Leticia hubiera visto en su vida. Era negra, brillante e inmóvil, durmiendo plácidamente exactamente en el mismo rincón donde Leticia juraba que estaba su marido.

Leticia dio 1 paso hacia atrás. Luego otro. Y entonces, el pánico le inyectó adrenalina pura.

Salió corriendo de la habitación casi sin hacer ruido, agarró su bolsa, las llaves de su camioneta y bajó las escaleras de mármol a toda velocidad. Su corazón latía con tanta furia que estaba segura de que la maldita criatura podía escucharla.

Subió al vehículo aún en pijama y arrancó quemando llanta. Solo pisó el freno cuando vio el anuncio luminoso de 1 Oxxo de 24 horas en la carretera a Cuernavaca. Se estacionó de golpe, apoyó la frente contra el volante y rompió en llanto.

No lloraba solo por el pánico visceral. Lloraba de agotamiento mental. De confusión. De una rabia profunda. Porque por primera vez en 2 largos años, Leticia se dio cuenta de que no tenía ni la más remota idea de quién diablos era el hombre con el que se había casado.

A las 4 de la mañana, tomó el celular y llamó a su hermana mayor, Carmen, quien siempre era la voz de la razón en medio del caos familiar.

Cuando Carmen contestó, su voz sonaba ronca por el sueño. “¿Lety? ¿Qué pasó, hermanita? ¿Por qué marcas a esta hora?”. Leticia apenas podía articular las palabras. “Vi una pinche víbora, Carmen… en la casa… estaba dormida en el lugar de Mateo”.

Hubo 1 silencio pesado. Carmen despertó por completo. “¿En dónde estás ahorita?”. Leticia le dio su ubicación. “No te muevas, voy para allá”, sentenció su hermana.

2 horas después, Leticia estaba sentada en el sofá de Carmen, envuelta en cobijas, sosteniendo 1 taza de café de olla frío. Le confesó todo. El maldito tapete rojo. Los gritos. El dinero sucio. Los 2 años durmiendo en el suelo. Y la enorme bestia.

Carmen la escuchó sin interrumpir 1 sola vez. Al terminar, suspiró profundamente. “Tú no vas a regresar a esa pinche casa sola, Lety”. “¿Y si me volví loca y lo imaginé?”, murmuró Leticia. Carmen le apretó la mano: “No estás loca. Tú no te imaginaste nada”.

Esa misma tarde, regresaron a Santa Fe. Pero no iban solas. Carmen llevó a su esposo Paco y al comandante Beto, 1 viejo amigo de la familia que era policía de investigación.

Cuando llegaron a la mansión, el portón eléctrico estaba abierto de par en par. La inmensa casa que alguna vez fue el sueño de Leticia, ahora se sentía como una tumba de hielo. Vacía. Maldita.

Subieron con cautela. En la recámara principal, el tapete rojo seguía en el suelo. Pero ya no había ninguna serpiente. Ni rastro de Mateo. Solo 1 marca oscura, como si algo pesado hubiera sido arrastrado por el piso hacia la puerta del vestidor.

Paco abrió la puerta del clóset empuñando 1 tubo. Adentro, oculta detrás de cajas de zapatos, había 1 pequeña puerta de madera que Leticia jamás había visto. El comandante Beto forzó la chapa oxidada.