Parte 3
La noticia estalló al amanecer.
No con todos los detalles, porque Ernesto protegió la intimidad de Valentina, pero sí lo suficiente para que Ciudad de México entendiera la magnitud del escándalo: el esposo de una heredera había sido detenido tras intentar matarla, bloquear una cirugía vital y celebrar en un yate mientras ella agonizaba.
Los noticieros mostraron imágenes del muelle. El yate incautado. La camioneta en la grúa. Mauricio con el traje blanco sucio, empujado dentro de una patrulla mientras gritaba que todo era una conspiración.
Victoria Beltrán trabajó sin dormir 36 horas.
La fiscalía congeló la póliza de vida. Los bancos entregaron movimientos. Los peritos confirmaron la presencia de insulina exógena. En la casa de Ixtapa encontraron una jeringa desechada en el bote de basura del baño de visitas, envuelta en una toalla con rastros de sangre microscópica. En la computadora de Mauricio apareció una búsqueda realizada 8 días antes: “cuánto dura la insulina en sangre después de una inyección”.
La amante declaró en menos de 24 horas.
Se llamaba Renata Escobedo y no tenía ninguna intención de ir a prisión por un hombre quebrado. Entregó mensajes donde Mauricio hablaba de “liberarse”, de “heredar lo que Valentina no sabía cuidar” y de “empezar una vida nueva cuando todo terminara”.
El caso se volvió imposible de esconder.
Pero Ernesto no celebró.
Durante días no se movió del hospital. Dormía sentado, con la espalda recta y la mano de Valentina entre las suyas. A veces le hablaba de cosas pequeñas: de los jacarandás de Reforma, del olor del café de olla que preparaba su mamá, de la vez que ella rompió una ventana jugando futbol en la hacienda y culpó al perro.
Valentina despertaba por ratos.
A veces no recordaba todo.
A veces lloraba.
Una madrugada, cuando la ciudad afuera todavía estaba oscura, abrió los ojos y encontró a su padre mirándola.
—Papá…
Ernesto se inclinó de inmediato.
—Aquí estoy.
—Me equivoqué con él.
A Ernesto se le humedecieron los ojos.
—No. Él te engañó. No es lo mismo.
—Tú lo viste desde el principio.
—Y aun así no te protegí cuando más lo necesitabas.
Valentina movió apenas los dedos sobre la mano de su padre.
—Sí lo hiciste. Llegaste.
Ernesto agachó la cabeza.
Por primera vez en muchos años, lloró sin esconderse.
La recuperación fue lenta. Dolorosa. Real.
Valentina tuvo que aprender a caminar sin marearse, a confiar en su cuerpo, a dormir sin despertar creyendo que alguien la sujetaba por las muñecas. Iba a terapia física por la mañana y terapia emocional por la tarde. Había días buenos y días terribles.
Ernesto quiso comprarle una casa nueva, contratar a 10 enfermeras, rodearla de seguridad.
Ella le pidió otra cosa.
—Quiero ir a casa, papá. Pero no a la de Ixtapa. A Monterrey. A la casa donde vivíamos cuando mamá estaba viva.
Esa casa llevaba años cerrada, cuidada por empleados. Tenía bugambilias en el patio, pisos de barro y una cocina donde Catalina había enseñado a Valentina a hacer tortillas torcidas.
Ernesto la mandó preparar.
Cuando Valentina salió del hospital, semanas después, no había prensa. No había cámaras. Solo una camioneta discreta, Victoria con una carpeta bajo el brazo, Iván vigilando a distancia y Ernesto sosteniendo a su hija como si el mundo pudiera volver a arrebatársela.
En Monterrey, la recibieron los recuerdos.
El piano de Catalina. Las fotografías familiares. La fuente pequeña en el patio. El cuarto donde Valentina había guardado muñecas, libros y cartas que escribió de niña.
La primera noche, Ernesto mandó preparar caldo tlalpeño y pan dulce. Valentina comió poco, pero sonrió cuando probó el primer sorbo.
—Sabe a mamá —dijo.
Ernesto respiró hondo.