A las 12:26 de la madrugada, mientras los cirujanos intentaban salvar a Valentina, Ernesto viajaba hacia la marina en una camioneta negra con vidrios polarizados. En su celular, Iván le transmitía imágenes tomadas desde un dron. El yate brillaba como un club flotante sobre el agua oscura. Luces azules, música, meseros, champaña. Y en medio de todo, Mauricio Serrano reía con la cabeza hacia atrás, vestido de lino blanco, con una copa en la mano y una mujer rubia recargada en su pecho. Ernesto acercó la imagen con los dedos. La mujer llevaba un vestido rojo y, en el cuello, un collar de diamantes. El corazón de Ernesto golpeó una vez, pesado, casi doloroso. Conocía ese collar. Había sido de su esposa, Catalina, muerta hacía 20 años. Se lo había entregado a Valentina cuando cumplió 18. Ella decía que le daba valor, que sentía a su madre cerca cuando lo usaba. Ahora ese collar estaba colgado del cuello de la amante de Mauricio mientras Valentina luchaba por vivir en una sala de operaciones. En ese instante, cualquier rastro de piedad murió dentro de Ernesto. Llamó a Victoria otra vez. —¿Avances? —Compramos el pagaré del yate. También la deuda del coche. La casa de Ixtapa está hipotecada, Ernesto. Mauricio pidió 65 millones de pesos hace 6 meses. —Yo pagué esa casa en efectivo. —La puso como garantía. Apostó en criptomonedas, fondos raros y deuda privada. Lo perdió casi todo. También encontramos una póliza de vida sobre Valentina. Fue emitida hace 30 días. 200 millones de pesos. Doble indemnización si la muerte es accidental. Ernesto cerró los ojos. Cada pieza caía en su sitio con una claridad horrible. La caída por las escaleras. La negativa a firmar la cirugía. La fiesta antes de la muerte. La amante usando las joyas. —Compra la hipoteca. —Ya estoy en eso. —Compra todo, Victoria. Quiero que, cuando ponga un pie fuera de ese barco, hasta el aire que respire tenga mi firma. —Dame 20 minutos. Ernesto colgó. Al llegar a la marina, no subió al yate. Se quedó en la sombra de la oficina del capitán de puerto, mirando con binoculares. Mauricio bailaba. La mujer del vestido rojo le susurraba algo al oído. Él la besó. Los invitados aplaudieron. Entonces sonó el teléfono de Ernesto. Era el hospital. Por un segundo, el mundo entero se sostuvo sobre una aguja. —Señor Aguilar —dijo el cirujano—. La operación salió mejor de lo esperado. Su hija está viva. Sigue en coma, pero está viva. Ernesto tuvo que apoyarse contra una pared. Cerró los ojos. La primera lágrima de la noche le bajó sin permiso. —Manténgala viva, doctor. Voy de regreso. Antes de irse, dio una orden a Iván. —Todavía no lo toquen. Quiero saber qué hizo exactamente. En el hospital, un enfermero llamado Pablo lo esperaba cerca de recuperación. Tenía un papel doblado en la mano y el rostro de alguien que había decidido arriesgar su empleo por algo correcto. —Señor Aguilar, yo atendí a su hija cuando llegó. Hay algo que debe saber. Le entregó un resultado de laboratorio. Ernesto no era médico, pero no necesitaba serlo para entender la palabra que Pablo señaló. Insulina. —Su glucosa estaba peligrosamente baja —susurró el enfermero—. Pero ella no es diabética. No hay razón para esos niveles de insulina. Alguien se la inyectó. Una dosis suficiente para desorientarla, debilitarla, hacerla perder el equilibrio. Si después la empujaron desde la escalera, parecería un accidente. Ernesto sintió que se le helaba la sangre. Recordó una llamada de Valentina dos semanas antes. Ella lloraba. Le dijo que Mauricio había vaciado una cuenta del fideicomiso que estaban creando para un hijo que planeaban tener. Le dijo que al confrontarlo, él se rió. Ernesto le pidió calma. Le dijo que investigaría legalmente. Le dijo que no volviera a discutir con él. Se odiaba por eso. Había tratado el peligro de su hija como una auditoría financiera. —¿Alguien más vio esto? —preguntó. —Lo puse en notas, pero entre la cirugía y el trauma, temo que se pierda. También debo decirle algo más: cuando su esposo llegó con ella, preguntó si una autopsia era obligatoria en una caída accidental. Ernesto dobló el papel con calma. —Pablo, acabas de darle justicia a mi hija. Llamó a Victoria. —Cambio de planes. No solo lo arruines. Prepara cargos. Intento de homicidio, fraude, robo, fraude de seguros. Quiero a la fiscalía en esto antes del amanecer. —¿Tienes prueba médica? —La tengo. Y pronto tendré su confesión. Victoria entendió. —Quieres que se acerque. —Exacto. Pero primero quiero quitarle el escenario. A la 1:17, Mauricio recibió el primer golpe. Sus tarjetas dejaron de funcionar. La barra del yate rechazó el cargo. Después, su celular se quedó sin servicio: la línea estaba vinculada a una cuenta corporativa ya congelada. Luego llegaron los hombres de gestión de activos. Subieron al yate con documentos, acompañados por agentes de puerto. Apagaron la música. Los invitados se quedaron inmóviles. Un abogado de rostro severo leyó en voz alta: —Esta embarcación queda bajo posesión inmediata del acreedor principal por incumplimiento de pago. Todo personal no esencial debe abandonar la propiedad. Mauricio soltó una carcajada nerviosa. —¿Acreedor? Yo soy el dueño. Mi suegro compró este yate. ¿Saben quién soy? El abogado lo miró sin emoción. —Precisamente por eso estamos aquí. Usted ya no es dueño de esta embarcación. La deuda ha sido adquirida y ejecutada. Tiene 5 minutos para bajar. La mujer del vestido rojo se apartó de él. Mauricio intentó llamar a alguien. Su celular no respondía. Corrió hacia la caja fuerte del camarote. Vacía. Intentó pagar a un capitán para sacarlo del puerto. La tarjeta fue rechazada. Afuera, una grúa se llevó su camioneta de lujo. En menos de una hora, el hombre que celebraba una fortuna que aún no cobraba se quedó sin barco, sin coche, sin teléfono, sin crédito y sin amigos. La mujer del vestido rojo le arrojó una copa en la cara cuando entendió que ya no había dinero que chupar. —Eres un idiota —le dijo—. Si el viejo hizo esto, ya lo sabe todo. Mauricio quedó solo en el muelle, con el traje manchado de champaña, sal y humillación. Y como toda rata acorralada, corrió hacia el único lugar donde pensó que todavía podía actuar: el hospital. Don Ernesto ya lo esperaba en la habitación de Valentina. Su hija respiraba con ayuda de máquinas. Tenía el rostro golpeado, la cabeza vendada, pero estaba viva. Ernesto se sentó junto a ella, con el resultado de laboratorio en una carpeta cerrada sobre las piernas. A las 2:43, Mauricio entró tambaleándose. Su primer gesto no fue mirar a Valentina. Fue mirar los monitores. Buscaba la línea plana que no llegó. Por una fracción de segundo, la decepción cruzó su rostro. Ernesto la vio. —Suegro —gimió Mauricio, cayendo de rodillas con una actuación miserable—. Me robaron. Me hackearon. No entiendo qué pasó. Ernesto no respondió. Mauricio gateó hasta la cama y tomó la baranda. —Dios mío, mi amor… Valentina… no puedo perderte. —Curioso —dijo Ernesto al fin—. Hace unas horas sí podías. Mauricio levantó la vista. —¿Qué? —Te fuiste a “rezar” mientras ella necesitaba cirugía. Te negaste a firmar. Te fuiste a beber en el yate que lleva su nombre con una mujer usando el collar de su madre. Mauricio palideció. —No sabes lo que estás diciendo. Yo estaba destruido. —No. Estabas esperando. Esperando que muriera para cobrar una póliza de 200 millones. Mauricio abrió la boca, pero no salió nada. En ese momento, Victoria entró con 2 agentes de la fiscalía y una detective de la Policía de Investigación. —Mauricio Serrano —dijo la detective—, necesitamos que nos acompañe. —Esto es absurdo —gritó él—. ¡Es mi esposa! ¡Tengo derechos! Ernesto se levantó lentamente. —Tenías una esposa. Tenías una familia. Tenías una vida que mi hija te regaló creyendo que eras bueno. Y aun así la drogaste. Mauricio se quedó inmóvil. —¿Drogaste? —dijo, demasiado rápido. Ernesto abrió la carpeta y le mostró el papel. —Insulina. Ella no es diabética. Había marcas en sus muñecas. Preguntaste por autopsia antes de que muriera. Tomaste una póliza hace 30 días. Hipotecaste su casa. Robaste su fideicomiso. Quisiste fabricar una caída accidental. Mauricio miró a los agentes, a Victoria, a la cama, a la puerta. Buscó una salida que ya no existía. —No pueden probar que fui yo. Una voz débil llenó la habitación. —Yo sí. Todos se volvieron hacia la cama. Valentina tenía los ojos entreabiertos. Apenas podía mover los labios, pero estaba despierta. Ernesto sintió que el corazón se le rompía y se reconstruía en el mismo segundo. —Mi niña… Valentina miró a Mauricio. Sus ojos estaban nublados por el dolor, pero vivos. —Me sujetaste… —susurró—. Dijiste que sin mí también ibas a ser rico. Mauricio dio un paso atrás. —Está confundida. Está medicada. —Y aun así acaba de decir la verdad —dijo la detective. Los agentes lo esposaron. Mauricio empezó a gritar. Primero insultó a Ernesto. Luego suplicó. Luego lloró. Pero nadie en aquella habitación volvió a creerle.
Mientras Mi Hija Moría En Cirugía, Su Esposo Celebraba En Un Yate. Lo Que Hice Después…