Lo dejé sentarse a la orilla de mi cama. Parecía niño otra vez.
—Le pedí explicaciones —dijo—. Me juró que la grabación estaba fuera de contexto, que tú la provocaste, que si no la apoyo se va.
—¿Y tú qué sientes?
Se cubrió la cara.
—Vergüenza. Papá me enseñó a respetarte y yo permití que te trataran como estorbo.
Le tomé las manos.
—Defender a tu madre no te hace débil, Fernando. Te devuelve el honor.
Esa misma madrugada Alicia bajó a la cocina. Venía sin maquillaje, con los ojos rojos.
—Yo no soy mala persona —dijo.
Puse agua para té.
—Querer ayudar a tus padres no te hizo mala. Humillarme para lograrlo sí.
Lloró. Dijo que sus papás perdieron la casa, que estaba desesperada, que no sabía cómo pedir ayuda. La escuché, pero no confundí explicación con disculpa.
—Pudiste pedirme apoyo. Elegiste manipularme.
—Lo siento —susurró—. Siento lo de las recetas. Lo de los rosales. Todo.
—Las palabras son el inicio. Las acciones dicen si hay cambio.
Fernando tomó su decisión un miércoles. Nos sentó a las 3 en la sala.
—Alicia, quiero que te vayas.
Ella cerró los ojos, como si ya lo supiera.
—¿Me estás dejando?
—Me estoy recuperando. Cada vez que te miro recuerdo cómo hablaste de mi mamá, cómo me llamaste fácil de manejar, cómo quisiste quitarle su casa. No puedo construir una familia sobre eso.
Alicia lloró, pero no hizo escándalo. Fernando le dio dinero para rentar un departamento pequeño durante 2 meses. El sábado un camión se llevó sus cosas. Antes de irse, se detuvo frente a mí.
—Doña Consuelo, no merecía lo que hice.
—No, Alicia. No lo merecía.
—¿Algún día podrá perdonarme?
La miré con tristeza.