—¿Qué está haciendo?
El licenciado abrió una carpeta.
—La señora Consuelo Martínez es propietaria única de este inmueble. El señor Fernando y su esposa viven aquí por cortesía de ella, sin contrato, sin renta y sin pago de servicios.
El padre de Alicia soltó una risa incómoda.
—Somos familia. No se le cobra a la familia.
—A la familia se le respeta —respondí—. Y ustedes llegaron a exigir mi recámara sin pedirme permiso.
El licenciado leyó el contrato: uso exclusivo de recámara principal, baño privado, balcón, vestidor y acceso a áreas comunes. Renta mensual: 16,500 pesos. Depósito: 20,000 pesos. Pago por adelantado.
—¡Está loca! —gritó Alicia.
—No. Estoy cobrando lo que antes regalaba por amor.
Fernando me miró confundido.
—Mamá, esto es demasiado.
Saqué mi teléfono.
—No, hijo. Demasiado fue callar.
Reproduje la grabación de Alicia:
—Si se incomoda, que se vaya a un asilo. Esta casa vale demasiado. Fernando ni se da cuenta. Es tan fácil manejarlo.
El silencio cayó como una losa. Fernando se quedó blanco. Los padres de Alicia bajaron la mirada. Alicia intentó arrebatarme el celular, pero el licenciado se interpuso.
—Cuidado, señora. Esto también se está documentando.
—Fernando, puedo explicarlo —lloró ella.
Mi hijo levantó una mano.
—No digas nada.
Entonces hablé. Me temblaba la voz, pero no el alma.
—Me quitaste mi cocina, mis amigas, mi perfume, mis fotos. Tiraste las recetas de Arturo, mataste sus rosales y quisiste mandarme al cuarto de servicio. Yo les abrí mi casa por amor, no porque necesitara dueños.
Miré a Fernando.
—Tu padre te enseñó que un hombre defiende lo justo. ¿Dónde estabas mientras tu esposa me borraba de mi propia vida?
Fernando empezó a llorar.
—Mamá, perdóname. Yo no quise ver.
Alicia se puso roja.
—Es una vieja manipuladora. Siempre quiso separarnos.
Su madre la jaló del brazo.
—Vámonos, Alicia.
—¡No! Esta casa también es de Fernando.
El licenciado intervino:
—Legalmente no. Y si vuelven a intentar presionar a la señora Consuelo para abandonar su habitación o modificar su patrimonio, procederemos por violencia patrimonial y hostigamiento familiar.
Los padres de Alicia recogieron sus maletas sin mirar a nadie. Al pasar junto a mí, su padre murmuró:
—Nosotros no sabíamos que ella había planeado tanto.
—Ahora ya lo saben.
Alicia subió corriendo y azotó la puerta. Fernando se acercó, roto.
—Mamá, dime qué hago.
Lo abracé, pero por primera vez no le resolví la vida.
—Haz lo que tu padre te habría enseñado: mira las acciones, no las lágrimas.
Esa noche, mientras Alicia lloraba arriba y Fernando se quedaba sentado en la sala con la cabeza entre las manos, yo salí al jardín. Toqué el brote nuevo de los rosales y sentí que Arturo estaba conmigo. Había ganado la primera batalla, pero sabía que la verdadera prueba apenas comenzaba: recuperar a mi hijo sin volver a perderme yo.
¡Hola, queridos lectores! Si ya están listos para leer la siguiente parte, por favor presionen [ Me gusta ] y escriban “Sí” abajo y la enviaré de inmediato. ¡Les deseo a todos los que han leído y amado esta historia mucha salud y felicidad!
PARTE 3
Durante 3 semanas la casa pareció vivir después de un temblor. Alicia caminaba sin mirarme. Fernando salía temprano, regresaba tarde y traía los ojos hundidos. Una noche tocó la puerta de mi recámara.
—Mamá, ¿puedo pasar?