—Porque yo tampoco lo sabía al principio.
Aquellas palabras me atravesaron.
Ella explicó que descubrió el embarazo apenas unas semanas después del accidente.
Tenía veinte años.
Estaba sola.
Asustada.
Y además, los padres de Laura nunca aceptaron su relación con Daniel.
Cuando quiso buscarme, ya era demasiado tarde.
—Te vi en el funeral —dijo llorando—. Estabas destrozada… y yo no sabía cómo acercarme.
Miré al pequeño otra vez.
Mi nieto.
La única sangre de Daniel que seguía viva.
Y él no tenía ni idea.
El hombre de la chaqueta se acercó despacio.
—Me llamo Andrés —dijo con calma—. Conocí a Laura cuando Mateo tenía dos años. Yo lo he criado desde entonces… pero siempre supo quién era su verdadero padre.
Había sinceridad en sus ojos.
Eso me desarmó todavía más.
Mateo seguía agarrado a la mano de su madre.
Luego me miró fijamente.
—¿Por qué me miras así?
Sentí un nudo enorme en la garganta.
Me agaché lentamente hasta quedar a su altura.
Y sin poder evitarlo, le acaricié la mejilla justo debajo de la pequeña marca.
Exactamente donde tantas veces había besado a Daniel cuando era niño.
Las lágrimas comenzaron a caerme sin control.
—Porque te pareces mucho a alguien que quise muchísimo.
Mateo sonrió tímidamente.
La misma sonrisa.
Dios mío.
La misma sonrisa.
Aquella noche no pude dormir.