Mucho.
—Hola, Carmen… —susurró.
No respondí enseguida.
Miré otra vez al niño.
Luego a ella.
Y finalmente entendí lo que mi corazón llevaba intentando decirme desde aquella mañana.
—Es hijo de Daniel… ¿verdad?
Laura cerró los ojos unos segundos.
Y empezó a llorar.
El hombre que estaba junto a ella bajó la cabeza con respeto, como si conociera aquella conversación desde hacía años.
—Sí —contestó finalmente—. Es suyo.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Tuve que apoyarme contra la pared.
Cinco años.
Cinco años viviendo sin saber que mi hijo había dejado una parte de sí mismo en este mundo.
Mateo miraba confundido de un adulto a otro.
—Mamá, ¿por qué lloras?
Laura se agachó rápidamente para acariciarle el pelo.
—No pasa nada, cariño.
Pero sí pasaba.
Pasaba todo.
Yo apenas podía respirar.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —pregunté.
Laura tragó saliva.