Abrí la puerta.
Y lo primero que vi fue un uniforme.
No uno.
Dos.
Detrás de ellos… un hombre con traje.
Y una mujer con carpeta en mano.
Mi hijo se levantó de golpe.
—¿Qué es esto?
No respondí.
Me aparté para que pasaran.
Los agentes entraron con calma, pero con esa presencia que no deja lugar a dudas.
—Buenos días —dijo uno—. Venimos por una denuncia de agresión.
El silencio fue total.
Sonia dejó la cuchara en la mesa.
—Esto es ridículo —murmuró.
El hombre del traje habló entonces.
—Y también por una posible situación de abuso económico y condiciones de habitabilidad inapropiadas.
Mi hijo me miró.
Por primera vez…
De verdad me miró.
—¿Qué has hecho?
Respiré hondo.
—Decir la verdad.
La periodista sacó su móvil.