Mi esposo me golpeó sin piedad durante 3 horas y me abandonó para morir en el sótano, ignorando que con mi último aliento llamaría a la única persona que juré no volver a ver en 30 años para desatar la venganza perfecta.

PARTE 1

L Elena Mendoza yacía boca abajo sobre el áspero y frío cemento del sótano en la imponente mansión de la familia Cárdenas, ubicada en el corazón de Lomas de Chapultepec. La espalda de su fina blusa de seda estaba tan empapada de sangre que ya era imposible distinguir dónde terminaba la tela y dónde comenzaba la herida abierta. El líquido carmesí seguía filtrándose lentamente por sus costillas magulladas, acumulándose hasta formar 1 charco oscuro y espeso.L

Ya no sentía dolor. Quizás, después del primer impacto brutal, su sistema nervioso se había rendido. Había soportado 3 horas continuas de golpes salvajes, orquestados por el hombre que juró protegerla. Todo su cuerpo se sentía vacío, como si le hubieran triturado cada hueso, dejando apenas 1 hilo de aliento débil. Ni siquiera le quedaban fuerzas para abrir los párpados.

La pesada puerta de hierro rechinó al abrirse de golpe. Elena no se movió. Pasos cautelosos se detuvieron a su lado y alguien se arrodilló, respirando con pesadez.

“Señora”, susurró 1 voz familiar. Era Martín, el empleado más leal de la casa.

Los dedos de Elena temblaron levemente sobre el suelo helado.L

“El señor Cárdenas ordenó tajantemente que no llamáramos a ningún médico. Dijo que usted debe quedarse aquí, pudriéndose en el sótano, hasta que reflexione y entienda la gravedad de su error. Traje antiinflamatorios y vendas a escondidas”, dijo Martín. Sus manos temblaban mientras sacaba los insumos de 1 pequeña bolsa. “No puedo arriesgarme a traer a 1 doctor… solo puedo ayudarla a resistir 1 poco más”.

Elena abrió los ojos con un esfuerzo sobrehumano. Su visión era borrosa. “Él… ¿qué más dijo?”. Su voz era un eco fantasmal.

Martín bajó la mirada, avergonzado de las palabras de su patrón. “Dijo que no volviera a tocar a Sofía Beltrán”.

“17 huesos fracturados… hemorragia grave en el bazo”, murmuró Elena, con 1 sonrisa amarga curvando sus labios partidos. “Las vendas no sirven de nada. Martín, hazme 1 favor”.

“Dígame, señora”.

“Cuando me casé, traje 1 maleta roja. En el doble fondo hay 1 antiguo dije de jade verde. Tráelo”.

Martín dudó, pero salió corriendo. El silencio volvió a devorar el sótano. Una hormiga solitaria caminaba por 1 grieta. Elena se sintió igual de insignificante, aunque 6 años atrás, ella era la heredera absoluta del todopoderoso Grupo Mendoza en Ciudad de México. El día de su boda en Valle de Bravo, 88 autos de lujo desfilaron frente a 2000 invitados. Alejandro Cárdenas le prometió el cielo. Pero 3 años después, instaló a Sofía en la casa bajo el pretexto de 1 accidente de tránsito en Toluca. Esa misma mañana, Sofía se arrojó por las escaleras a propósito con 1 plato de sopa hirviendo, y Alejandro ordenó masacrar a Elena sin piedad.

Martín regresó agitado y le entregó la piedra preciosa.

“Lleva esto a la sastrería de Don Chuy en el Centro Histórico. Golpea la puerta 3 veces, haz 1 pausa, y luego golpea 2 veces. Di que Elena Mendoza manda a decir que llegó el momento”.

“¿Y si me descubren?”, preguntó él.

“Tú me ayudas porque hace años pagué la cirugía de tu hermana. Eres noble. Ve ya”.

Apenas Martín desapareció, los tacones de Sofía resonaron en la escalera. Lucía impecable con 1 costoso suéter amarillo. 2 sirvientas la escoltaban.

“¿Qué se siente ser golpeada durante 3 horas?”, susurró Sofía con burla, agachándose.

“Tú me empujaste”, respondió Elena débilmente.

Sofía soltó 1 carcajada venenosa y aplastó con su tacón la mano herida de Elena. “Por supuesto, pero Alejandro es estúpido y me adora. Por cierto, mandó a revisar las cámaras. Ya atraparon a tu querido Martín en los pasillos con el jade. Está acabado. A nadie le importa 1 mujer rota, y tu familia está muerta”.

Elena, a pesar de la agonía, sonrió de lado. “Los Mendoza… nunca desaparecieron”.

De pronto, el aullido ensordecedor de 1 docena de sirenas policiales desgarró el silencio de la noche, rodeando la mansión por completo. Sofía palideció. Nadie podía creer la tormenta que estaba a punto de desatarse…

PARTE 2

El estruendo de motores pesados y el violento parpadeo de luces rojas y azules inundaron los grandes ventanales de la mansión. Sofía Beltrán retrocedió con torpeza, tropezando con sus propios tacones, mientras las 2 sirvientas que la acompañaban gritaban aterrorizadas. 1 golpe seco, como el de 1 ariete policial, hizo vibrar los cimientos de la lujosísima residencia.