El refrigerador zumbaba desde la cocina con una terquedad vieja.
En la calle, un perro ladró una vez y luego se calló, como si también hubiera oído algo que no debía.
Carmen abrió los ojos de golpe.
No se movió.
A sus 65 años, había aprendido que no siempre conviene anunciar que uno está despierto.
La voz venía del cuarto de visitas, al otro lado de la pared delgada.
Era Mateo.
Su único hijo.
El niño por el que había trabajado 45 años frente a los fogones de una fonda, volteando tortillas desde las 4 de la mañana, sirviendo café, moliendo salsa, cargando ollas que con el tiempo le torcieron los dedos.
—Saca todo, mi amor —susurró él—. Mi mamá tiene más de 95,000 pesos guardados en esa tarjeta. Está profundamente dormida. No se va a dar cuenta hasta mañana al mediodía.
Carmen sintió que el colchón se hundía bajo su propio cuerpo, como si de pronto pesara el doble.
No era miedo lo primero que sintió.
Era vergüenza.
Vergüenza de haber amado tanto a alguien capaz de hablar de ella como si fuera una cerradura vieja.
Al otro lado de la pared, Valeria soltó una risa bajita.
—¿Y si se despierta?
—No se despierta —respondió Mateo—. Anota bien el NIP.
Carmen cerró los ojos.
No para dormir.
Para no gritar.
Cada número que Mateo dictó le cayó encima con una precisión cruel.
Cuatro.
Siete.
Nueve.
El último lo dijo más bajo, pero Carmen lo oyó igual.