Fingí estar inconsciente en el piso de mi sala y escuché a mi esposo decir por teléfono: "Ya está hecho... pronto los dos habrán desaparecido." -yilux

a manija no giró en la puerta del baño. Giró en la entrada.

Oí primero los pasos de Steven, rápidos, desordenados. Detrás venían unos tacones cortos sobre la madera, una mujer respirando como alguien que ya estaba arrepentida.

—¿Dónde están? —preguntó ella.

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—En el piso. Deberían estar fuera por completo —respondió Steven—. Solo necesito la basura, los platos y el teléfono de ella.

Apreté más fuerte la mano de Tommy. La operadora seguía en línea. Le susurré que él había vuelto y que no estaba solo.

—Los oficiales ya están entrando a su calle —me dijo—. No abra esa puerta por nada.

La mujer volvió a hablar, más cerca esta vez.

—Dijiste que no iba a haber un niño en medio de esto.

Por un segundo, el aire me faltó de otra manera. No era remordimiento puro. Era miedo. Miedo de haber ido demasiado lejos.

Steven maldijo en voz baja. Escuché el arrastre de una silla, luego el golpe seco de algo contra la mesa.

—Busca la bolsa —dijo—. Y limpia el vaso.