La orden de cateo llegó antes del amanecer, cuando los noticieros ya repetían que una ejecución había sido suspendida por la confesión inesperada de un niño. Sofía viajó con Mateo en una camioneta de la fiscalía hasta la vieja casa familiar en Morelia, esa misma casa donde Rubén había vivido durante años diciendo que la cuidaba “por los niños”. Al entrar, el olor a loción cara y madera vieja le revolvió el estómago. Ya no estaban las cortinas que Elena cosió, ni las macetas de bugambilias, ni la mesa donde Arturo revisaba las cuentas del taller. Rubén había cambiado muebles, cerraduras y cuadros, pero no pudo cambiar el miedo pegado en las paredes. Mateo caminó directo al clóset del cuarto principal. Sus pasos eran pequeños, pero firmes, como si siguiera una voz que solo él recordaba. Detrás de una tabla floja, bajo el zapatero empotrado, estaba el cajón. La llave oxidada entró con dificultad. El clic sonó tan fuerte que Sofía sintió que se abría también una parte enterrada de su infancia. Dentro había una caja metálica envuelta en una toalla. Los peritos fotografiaron todo antes de abrirla. Encontraron contratos falsos, recibos del taller, una memoria USB, una póliza de seguro a nombre de Arturo y una carta escrita de puño y letra por él.
Mi madre estaba a minutos de ser ejecutada… Entonces mi hermano de 8 años señaló a nuestro tío y dijo: “Él puso el cuchillo allí”.
Parte 2