Tenía la misma nariz de Daniel. Los mismos dedos largos. El mismo hoyuelo en la barbilla.
Metí la mano por la abertura de la incubadora y toqué su manita. Sus dedos se cerraron alrededor del mío.
—Hola, mi niño —susurré—. Soy tu abuela.
La enfermera me preguntó si quería ponerle un nombre provisional.
Daniel, cuando era joven, siempre decía que si tenía un hijo lo llamaría Santiago, como mi padre.
—Santiago —dije sin pensarlo—. Se llama Santiago.
A partir de ese día empecé a pelear por su custodia. Me pidieron estudios psicológicos, revisión de mi casa, cartas de recomendación, cursos para cuidar recién nacidos. Me trataron como si yo fuera una desconocida peligrosa, no la mujer que lo sacó del agua.
Pero acepté todo. Tragué humillaciones, llené formularios, vendí algunas joyas para comprar cuna, pañales, cámaras de seguridad.
Y justo cuando el juez estaba por decidir si Santiago podía irse conmigo, recibí una llamada de un número desconocido.
Contesté.
Durante unos segundos solo escuché respiración.
Luego, una voz fría dijo:
—Elena… quiero a mi hijo de vuelta.
Era Marisol.
Y lo que pidió a cambio me dejó temblando hasta los huesos.
PARTE 3
—No tienes derecho a llamarlo tu hijo —le dije, apretando el teléfono con tanta fuerza que me dolió la mano.
Del otro lado, Marisol soltó una risa seca.
—Soy su madre. Legalmente valgo más que tú.
Santiago dormía en su cunita, ajeno a todo. Lo miré y sentí un miedo animal, profundo, como si alguien estuviera parado detrás de mí.
—Intentaste matarlo.
—Fue un error —respondió ella—. Estaba alterada. Acababa de parir sola. Pero ya pensé mejor las cosas. Quiero al niño… y quiero el dinero que Daniel dejó a su nombre.
Ahí estaba la verdad desnuda.
No amor. No arrepentimiento. Dinero.
—Nunca vas a tocarlo —dije.
Su voz se volvió dura.
—Mañana a medianoche. En el viejo embarcadero donde Daniel pescaba contigo. Lleva al bebé y los documentos de la herencia. Si veo policías, desaparezco. Y cuando regrese, no voy a pedir permiso.
Colgó.
Me quedé temblando. Pero esta vez no estaba sola. Llamé a la detective Laura y le mandé la grabación. Había puesto el teléfono en altavoz desde el principio, por instinto, por miedo, por Dios.
—Hizo perfecto —me dijo Laura—. Vamos a tenderle una trampa.
Al día siguiente, una enfermera de confianza se llevó a Santiago a un lugar seguro. Lo besé en la frente, respiré su olor a leche y talco, y sentí que el corazón se me partía.
—La abuela vuelve pronto, mi amor —le prometí.
A las once y media de la noche llegué al embarcadero. Llevaba un micrófono escondido bajo la blusa. La policía estaba oculta alrededor, pero yo no podía verlos. Solo veía la oscuridad, el lago quieto y la vieja bodega de madera donde Daniel y yo solíamos guardar las cañas de pescar.
Entré.
Marisol estaba al fondo. Se había cortado el cabello y lo traía teñido de rubio, pero sus ojos eran los mismos: fríos, calculadores.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó.
—Primero quiero saber por qué —dije, tratando de que mi voz no temblara—. ¿Por qué mataste a Daniel?
Ella sonrió.
—Porque se puso sentimental. Yo no me casé para cambiar pañales ni para vivir cuidando bebés. Daniel era una buena inversión, hasta que decidió dejarle todo al niño.
Cada palabra era veneno.
—¿Y los frenos?
—Un mecánico con deudas hace cualquier cosa por unos pesos —dijo con indiferencia—. Daniel murió rápido. Eso fue lo único decente de toda esta historia.
Sentí ganas de lanzarme sobre ella, pero me obligué a seguir.
—Y a Santiago lo metiste en una maleta.
—No le pongas nombre como si fuera tuyo —escupió—. Era un problema. Tú lo convertiste en tragedia.
Entonces sacó una pistola.
—Última oportunidad, Elena. ¿Dónde está el niño?
Presioné el botón de pánico una, dos, tres veces.
—Donde tú jamás podrás alcanzarlo.
El disparo sonó antes de que terminara la frase. Sentí fuego en el hombro y caí al suelo. Después todo fue gritos, luces, pasos corriendo.
—¡Policía! ¡Suelte el arma!
Vi a Marisol intentar correr, pero no llegó ni a la puerta. La tiraron al piso y la esposaron mientras gritaba que todo era culpa mía, que yo le había robado la vida.
Cuando desperté en el hospital, Santiago estaba junto a mí en brazos de la enfermera. La bala no tocó el hueso. Sobreviví.
Marisol no volvió a salir libre. La grabación contenía su confesión completa: el asesinato de Daniel, el intento de matar a Santiago, las amenazas contra mí. También arrestaron al mecánico que manipuló los frenos. En el juicio, Marisol lloró frente al juez, pero sus lágrimas ya no engañaron a nadie.
Meses después, me dieron la custodia definitiva de Santiago.
No fue fácil. Criar a un bebé a los 64 años es cansado. Hay noches en que me duelen las rodillas, días en que el miedo regresa cuando un coche pasa lento frente a la casa. Pero luego Santiago me mira con esos ojos iguales a los de Daniel, me aprieta el dedo y sonríe.
Entonces entiendo que el amor no borra el dolor, pero sí le da un lugar donde descansar.
Marisol quiso enterrar la verdad en el fondo de un lago.
Pero lo que no sabía era que una abuela rota todavía puede correr, pelear y enfrentarse al mundo entero cuando lo único que le queda de su hijo respira entre sus brazos.