Y entonces entendí que no podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
“¿Cómo que no me conoces?”, gritó Camila, con la transmisión todavía en vivo. “¿También vas a negar el departamento de Polanco? ¿La camioneta? ¿El anillo? ¿O lo que me prometiste anoche en el hotel?”
El lobby entero se quedó sin respirar.
Roberto apretó la mandíbula.
“Está loca”, dijo, mirando a los guardias. “Sáquenla. Está inventando todo para extorsionarme.”
Camila soltó una risa rota.
“¿Extorsionarte? Tú me dijiste que Valeria era una esposa fría, que ya no dormían juntos, que solo estabas esperando divorciarte para hacerme señora Salazar.”
Cada palabra era una bofetada, pero no para mí.
Para él.
Porque yo llevaba meses sospechando que Roberto escondía algo. No por celos. Por números.
Facturas infladas. Proveedores nuevos. Pagos urgentes que él firmaba sin explicar. Un faltante en el fondo destinado a los equipos de resonancia y quirófanos inteligentes.
Lo que no imaginé era que parte de ese dinero hubiera terminado vestido de rosa, con tacones, uñas acrílicas y una transmisión en vivo.
Roberto intentó acercarse a Camila.
“Cállate”, le dijo entre dientes.
Diego se interpuso.
“No la toque.”
Roberto lo empujó.
“Este no es tu asunto.”
Diego no se movió.
“Es mi hospital también mientras haya pacientes aquí. Y usted acaba de convertirlo en un circo.”
Roberto giró hacia mí, cambiando de rostro como siempre hacía cuando quería manipularme.
“Valeria, por favor. Esto es un malentendido. Hablemos arriba.”
“Habla aquí”, dije.
“Somos esposos.”
“Exacto. Por eso vas a hablar aquí.”
En ese momento entró al lobby Arturo Mendoza, mi abogado, con una carpeta negra bajo el brazo. Venía acompañado de dos auditores internos y la jefa de seguridad.
Roberto lo vio y perdió el color.
Arturo se acercó a mí.
“Presidenta Cárdenas”, dijo. “Tenemos los documentos.”
Camila abrió la boca.
“¿Presidenta?”
Arturo dejó la carpeta en mis manos.
“Transferencias a una empresa fantasma. Compra de inmueble en Polanco a nombre de un tercero. Depósitos relacionados con la señorita Ríos. Y pagos no autorizados desde el fondo de equipamiento médico.”
El silencio pesaba.
Roberto intentó reír.
“Eso no prueba nada.”
Arturo sacó varias hojas y las dejó caer sobre el piso de mármol.
“También tenemos videos de seguridad, correos, firmas digitales y comprobantes del hotel.”
Camila miró los papeles como si fueran serpientes.
“Roberto… dijiste que era dinero tuyo.”
Él volteó hacia ella con odio.
“¡Tú sabías perfectamente!”
“¡Yo no sabía que estabas robando al hospital!”
La gente empezó a murmurar. Algunos empleados lloraban de coraje. Enfermeras, camilleros, recepcionistas. Gente que había hecho colectas para pacientes sin recursos mientras su director usaba dinero médico para comprarle lujos a una amante.
Yo me agaché y levanté una factura.
“Dos millones de pesos desviados de material quirúrgico.”
Roberto tragó saliva.
“Valeria, yo puedo explicarlo.”
Levanté otra hoja.
“Un departamento.”
Otra.
“Una camioneta.”
Otra.
“Joyería.”
Otra.
“Viajes.”
Camila se tapó la boca.
Yo la miré.
“¿Todavía quieres que todos sepan quién es tu esposo?”
Ella retrocedió.
“Yo… yo pensé que él estaba separado.”
“Eso no explica por qué trataste a don Ernesto como basura. No explica por qué grabaste pacientes. No explica por qué usaste un apellido que no era tuyo para amenazar gente.”
Roberto cayó de rodillas.
“Valeria, no hagas esto. Diez años de matrimonio no pueden terminar así.”
“Terminaron cuando convertiste el hospital de mi padre en tu caja chica.”
Se escuchó un aplauso.
Fue don Ernesto.