Una niña de 6 años llegó a clase susurrando: “Me duele”, pero la escuela intentó enterrar la verdad para proteger su reputación.

Al otro lado hubo silencio.

Luego una voz masculina gritó algo lejos del teléfono.

Laura respiró rápido.

“Yo no sabía,” susurró.

La llamada se cortó.

Diego llamó de inmediato al número del DIF y reportó lo ocurrido.

Al día siguiente, Sofía no fue a clases.

La directora dijo por el altavoz que todos debían concentrarse en sus actividades, como si una silla vacía en el fondo del salón no gritara más fuerte que cualquier anuncio.

Al mediodía, la secretaria, doña Carmen, llamó a Diego con un gesto discreto.

“La mamá dijo que estaba enferma,” murmuró.

“¿De qué?”

Doña Carmen miró la puerta cerrada de dirección. Luego deslizó un papelito sobre el mostrador.

Era una dirección.

“Yo no le di nada,” dijo.

“No,” respondió Diego. “Usted no me dio nada.”

Después de clases, pasó en su coche por el edificio. No se bajó. No tocó. Solo miró desde la esquina.

Entonces vio al padrastro junto a la camioneta blanca, hablando por teléfono.

“Ese maestro no entiende,” dijo el hombre, sin saber que Diego alcanzaba a escucharlo. “Pero yo sé cómo se calla a los metiches.”

Diego apretó el volante.

En ese momento, una cortina del segundo piso se movió.

Sofía apareció detrás del vidrio.

Tenía el rostro pálido. Al verlo, abrió mucho los ojos.

Luego una mano adulta cerró la cortina de golpe.

Diego arrancó antes de que el hombre lo viera.

Esa noche, alguien lanzó una piedra contra la ventana de su casa. El vidrio estalló sobre la sala. La piedra venía envuelta en una hoja.

Tenía dos palabras escritas con marcador negro:

YA CÁLLATE.