—Hola, campeón. ¿Qué pasa?
Al principio no escuché una frase.
Escuché aire.
Escuché respiraciones cortas, rasposas, pegadas al micrófono.
Después vino un sollozo tan pequeño que me partió en dos.
—Papá...
Me levanté sin pedir permiso.
La silla raspó el piso y varias cabezas giraron hacia mí.
—Aquí estoy, Noah. Háblame. ¿Qué pasó?
Él intentó responder, pero lloraba como lloran los niños cuando saben que no deben hacer ruido.
No era berrinche.
No era enojo.
Era terror contenido en un cuerpo demasiado pequeño.
—Ven a casa, por favor.
La sala de juntas desapareció.
El proyector seguía lanzando luz blanca contra la pared, alguien seguía sosteniendo un marcador, una gráfica seguía abierta en la laptop de enfrente, pero nada de eso existía ya para mí.
—Noah, ¿dónde está tu mamá?
Hubo un silencio.
—No está.
Sentí que la sangre me bajaba de la cara.
Lena trabajaba algunos turnos por la mañana y, cuando no podía quedarse con Noah, se suponía que lo dejaba con una vecina o con su hermana.