Pensó que su propio padre le hacía cosas atroces a la niña a puerta cerrada, pero al derribar la chapa, el macabro secreto en la ventana le robó el aliento

 

PARTE 1

—Ese viejo loco me va a matar a la niña, neta que sí, y todos aquí en la cuadra no hacemos ni madres.

Doña Meche soltó la frase con la voz temblando, pegada a la ventana de su casa en la colonia Obrera, en pleno corazón de la ciudad. Frente a su zaguán vivía don Tomás, un viudo de 68 años, de carácter hosco y mirada pesada.

Desde que su hija Valeria se divorció y se fue a doblar turnos en una maquiladora, el viejo se quedó a cargo de su nieta Camila, una niña de 8 años. Antes, la escuintla llenaba la calle de gritos, jugaba a las traes y no soltaba su bicicleta.

Pero esa tarde de martes, el ambiente en la calle se volvió denso, raro, como cuando va a temblar.

Camila estaba sentada en el piso de la cocina, abrazando sus rodillas contra el pecho, con la carita empapada en llanto y mocos. Frente a ella, don Tomás sostenía un enorme cuchillo cebollero que brillaba con la luz que entraba por el patio.

No había comida cerca. No estaba picando cebolla ni preparando la cena. El brazo del anciano estaba tenso, levantado a la altura del pecho, su rostro era una máscara de piedra, y la niña lo miraba desde el suelo como si tuviera enfrente al mismísimo diablo.

Doña Meche sintió que el estómago se le revolvía. Se quedó helada tras la cortina.

Quiso convencerse de que era una exageración suya. Tal vez el señor estaba arreglando algo en la pared. Tal vez Camila le había hecho un berrinche marca diablo. Pero esa mirada en los ojos de la niña… neta no era un capricho. Era pánico puro.

Durante los 3 días siguientes, la vida de Camila desapareció de la banqueta. Las pesadas cortinas de la casa de don Tomás permanecían cerradas a piedra y lodo desde que amanecía hasta que anochecía. Ya no se escuchaban sus risas ni el timbre de la bici.

El jueves por la tarde, doña Meche no aguantó más el chisme y la angustia. Compró unas conchas recién hechas en la panadería de la esquina y cruzó la calle.

—Don Tomás, buenas tardes, le traje un pancito dulce a la Cami. Ya tiene días que no la veo por aquí.

El anciano abrió apenas una rendija de la pesada puerta de fierro. Estaba sudando, pero su voz sonaba asombrosamente tranquila. Demasiado fría.

—Se le agradece, Meche. Pero la chamaca anda mala. Le pegó una gripa de esas fuertes y trae fiebre. Mejor que repose.

—Ay, pobre criatura. ¿Me deja pasar nomás a darle un saludito rápido?

—Está dormida, no la quiero despertar —respondió seco, y le cerró la puerta en las narices.

Meche se quedó parada en la banqueta con la bolsa de pan, sintiendo una opresión brutal en el pecho. Sabía que algo olía muy mal.

Al día siguiente, por puro milagro, vio a Camila salir 1 minuto al lavadero del patio. Llevaba una sudadera grandísima, el pelo enredado, y caminaba arrastrando los pies como si estuviera sedada. Meche se pegó a la reja de volada.

—¡Cami, mi niña! Vente, te guardé una paleta.