¿Mi mejor amiga acaba de comprar el departamento justo enfrente del mío? Di media vuelta, cancelé el trato y huí de ahí. El joven agente de ventas bajó la voz, desviando la mirada hacia la izquierda.

Escribí como pie de foto: “Mateo dice que el tiempo a mi lado no tiene precio, pero este recordatorio me vendría muy bien… ¡Ya casi es nuestro aniversario! 🥰”

La reacción de Camila no tardó ni quince minutos. Me llamó directamente por teléfono, algo que rara vez hacía a menos que fuera una emergencia.

—¡Hola, amiga! —su voz sonaba extrañamente aguda—. Vi tu publicación… ¿De verdad Mateo te va a comprar ese reloj? Es que… bueno, no es por nada, pero $180,000 pesos es muchísimo dinero. ¿Estás segura de que su empresa va tan bien como para gastar eso en un simple accesorio?

—Ay, Cami, tú sabes cómo es Mateo de espléndido —respondí, fingiendo una voz mimada y superficial—. Me dijo que no me preocupara por los gastos, que él se encarga de todo. Al final del día, el dinero va y viene, pero el amor queda, ¿no?

Escuché un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Podía jurar que estaba hiperventilando.

—Claro… qué padre, amiga. Me da mucho gusto por ti —dijo finalmente, con una rigidez que no pudo ocultar, antes de colgar con la excusa de que tenía una junta de trabajo.

Esa misma noche, Mateo llegó a casa muerto de risa y me mostró su teléfono. Camila le había enviado un mensaje privado por Instagram: “¡Hola, Mateo! Oye, vi lo del reloj de Vale, ¡qué detallazo! Por cierto, un primo mío trabaja en esa misma joyería y me dijo que tienen una pieza idéntica pero con diamantes incrustados en $210,000 pesos, por si quieres quedar aún mejor con ella. Si te interesa, te paso el contacto.”

Mateo me miró, asombrado. —Esta mujer está completamente desquiciada. Te está presionando para que gaste más, solo para justificar el golpe económico que se va a dar ella misma.

—Déjala que siga cavando su propia tumba —respondí, acariciando la barbilla de Mateo—. Mañana es el día en que la constructora nos entrega los planos finales del departamento. Es hora de llevar el juego al terreno inmobiliario.


Capítulo 8

Al día siguiente, me reuní con el agente de ventas en el showroom del edificio. Camila, por supuesto, insistió en acompañarme con el pretexto de “ayudarme a revisar los acabados”. Lo que ella no sabía era que yo ya había cuadrado todo previamente con el agente mediante llamadas privadas.

Nos sentamos en la sala de juntas y el agente extendió los planos sobre la mesa.

—Señorita Valeria, aquí están los planos aprobados para su remodelación del departamento 1601 —dijo el agente, siguiendo el guion que le había preparado—. Como usted solicitó un diseño de concepto abierto con mármol importado de Carrara y un sistema de automatización inteligente para todo el hogar, el costo adicional de la obra será de $450,000 pesos, los cuales deben liquidarse antes de que iniciemos la demolición de muros el próximo lunes.

A Camila casi se le salen los ojos de las órbitas. Su rostro, usualmente impecable, se descompuso por completo. Miró el plano del 1601 (el departamento que ella creía que yo iba a habitar) y luego miró al agente.

—¿Cuatrocientos cincuenta mil pesos solo en remodelación? —intervino Camila, con la voz temblorosa—. Pero… si el departamento ya viene con acabados de lujo, ¿no es una exageración?

—Para nada, Camila —respondí, tomando un sorbo de mi café con total parsimonia—. Si voy a vivir enfrente de ti, quiero que mi casa sea un verdadero santuario. Además, Santiago, el diseñador que me recomendaste, me dijo que el estilo crema monocromático está bien para presupuestos estándar, pero que la verdadera elegancia requiere una inversión estructural. No querrás que mi departamento se vea… simple, ¿o sí?

El golpe directo a su orgullo fue letal. Vi cómo sus nudillos se volvían blancos mientras apretaba su bolso. Camila se levantó abruptamente de la silla.

—Voy al baño, ahora regreso —dijo, con una sonrisa congelada.

En cuanto la puerta se cerró, el agente de ventas me miró y sonrió con complicidad. —Señorita Valeria, tal como predijo, hace una hora su amiga llamó a la oficina central exgiendo que Santiago cambiara todo el proyecto del departamento 1602. Pidió que se incluyera mármol de una gama superior al suyo y que la obra comience este mismo viernes, cueste lo que cueste.

—¿Y cuánto le va a costar? —preguntó Mateo, quien acababa de entrar a la sala.

—Debido a la urgencia y al cambio de materiales de última hora, la constructora le cotizó $600,000 pesos adicionales. Y lo más impresionante es que ya firmó el pagaré comprometiéndose a liquidarlo esta misma semana. Ella no tiene esa liquidez, así que pidió un préstamo bancario de emergencia.

Sonreí, sintiendo una satisfacción electrizante. Camila se estaba ahogando en deudas solo por el placer enfermizo de ganarme una carrera en la que yo ni siquiera estaba compitiendo.


Capítulo 9

Llegó el viernes, el día oficial del inicio de las obras. Camila me citó temprano en el edificio con la excusa de que quería que viéramos “juntas” cómo los obreros tiraban la primera pared de su departamento. En realidad, solo quería refregarme en la cara que su remodelación había empezado antes que la mía y que era mucho más costosa.

Cuando bajé del elevador en el piso 16, el pasillo estaba lleno de polvo y se escuchaba el estruendo de los taladros dentro del departamento 1602. Camila estaba parada en el pasillo, usando un casco de seguridad rosa, con una mirada de triunfo absoluto.

—¡Ay, Vale, qué emoción! —gritó para hacerse escuchar sobre el ruido—. Lamento mucho que tu obra se haya retrasado para el próximo mes, pero es que mi arquitecto se movió súper rápido. Al final me costó un ojo de la cara, setecientos mil pesos en total con los nuevos acabados de importación, ¡pero el estatus cuesta, amiga! Mi departamento va a ser el doble de espectacular que el tuyo.

La miré fijamente. Detrás de su fachada de superioridad, alcancé a notar las ojeras ocultas bajo el corrector y el ligero temblor en sus manos. El peso de la deuda bancaria ya la estaba carcomiendo, pero su mente enferma seguía celebrando una victoria ficticia.

—Te felicito, Cami. De verdad te mereces esa casa —le dije, manteniendo una calma exasperante.

—¿Y tú cuándo traes tus cosas al 1601? —preguntó, cruzando los brazos, ansiosa por el momento en que pudiera abrir su puerta y mirar hacia abajo mi propiedad menor.

En ese momento, la puerta del departamento 1603 (el que quedaba justo al lado del suyo, orientado hacia el oeste y con la entrada oculta a la vuelta del pasillo) se abrió. Dos hombres con trajes ejecutivos salieron del lugar, seguidos por el agente de ventas de la inmobiliaria.

El agente, al verme, caminó hacia mí con una enorme sonrisa y me entregó un juego de llaves doradas.

—Señorita Valeria, felicidades oficialmente. El departamento 1603 ya está completamente liquidado a su nombre. El dueño anterior aceptó el pago de contado que usted realizó el martes y ya puede disponer de la propiedad cuando guste.

Camila se quedó petrificada. El ruido de los taladros pareció desaparecer de fondo mientras su rostro pasaba del rosa al pálido, y luego a un rojo de furia contenida.

—¿Qué… qué significa esto? —tartamudeó Camila, señalando las llaves—. ¿El 1603? Vale, tu departamento es el 1601, el de enfrente… el grande…

—Ah, es que cambié de opinión el mismo día que venimos, Cami —respondí, sopesando las llaves en mi mano con una sonrisa felina—. Cancelé el trato del 1601. Verás, descubrí que el 1603 tiene una distribución mucho más íntima. Además, Mateo y yo compramos el departamento de abajo, el 1503, para conectarlos y hacer un penthouse dúplex en el futuro. Así que el 1601 volvió al mercado. De hecho… creo que ayer lo compró una familia con cuatro niños pequeños y tres perros. Van a ser tus vecinos de enfrente.

Camila retrocedió un paso, apoyándose contra la pared del pasillo como si le hubieran dado un golpe en el estómago.

—Tú… tú me engañaste… —susurró, con los ojos inyectados en sangre—. Me hiciste gastar todos mis ahorros, pedir un préstamo de más de medio millón de pesos… ¡solo para estar enfrente de unos desconocidos!

Me acerqué a ella, perdiendo por completo la sonrisa dulce y dejando que mi mirada se volviera tan fría como el mármol que ella acababa de comprar.

—Nadie te obligó a hacer nada, Camila. Tú solita elegiste tu destino el día en que decidiste que tu única meta en la vida era pisotearme. Querías vivir enfrente de mí para vigilarme, para competir conmigo, para “cuidar de mí”, ¿no? Pues felicidades. Ahora estás amarrada a una deuda millonaria por los próximos veinte años, atrapada en un departamento que no puedes pagar, mientras yo… yo voy a disfrutar de mi nuevo hogar, bien lejos de tu vista.

Le di la espalda sin esperar respuesta, introduje la llave en la cerradura del 1603 y entré junto a Mateo, cerrando la puerta con un golpe firme.

A través de la madera, alcancé a escuchar el grito de histeria y frustración de Camila, seguido por el sonido de algo rompiéndose en el pasillo. La función había terminado, y la imitadora finalmente se había quedado sin escenario.