—Mariana, por favor, Ricardo está desesperado.
—Emiliano también. Pero por él no has llamado.
Hubo silencio.
—Es que tu hermano dice que tú lo provocaste.
—Mi hijo no provocó que lo llamaran extraño en una cena familiar.
—No fue para tanto…
Colgué.
Esa frase terminó de romper lo poco que quedaba.
La abogada Lucía empezó a mover todo con rapidez. Presentamos denuncia por amenazas, por difamación y por intento de acceso ilegal al sistema de la empresa. Ricardo, como siempre, lo negó todo. Paulina publicó fotos sonriendo con sus hijos, escribiendo frases sobre “la paz de tener la conciencia limpia”.
Pero la conciencia limpia no borra los rastros.
Una semana después, recibí un mensaje de una mujer llamada Verónica. Había trabajado como asistente de Paulina durante dos años. Me dijo que no quería meterse en problemas, pero que no podía seguir callada.
Nos vimos en una cafetería pequeña, lejos de la oficina. Llegó nerviosa, con una carpeta y una USB.
—Paulina me pidió que imprimiera varias cosas —dijo—. Las publicaciones falsas, los correos a tus clientes y hasta los papeles que mandaron a la escuela de tu hijo.
Sentí que la sangre me golpeaba en los oídos.
—¿Tienes pruebas?
Verónica empujó la carpeta hacia mí.
—Capturas, audios y mensajes. Ricardo decía que si te asustaban con el niño, ibas a pagar otra vez.
En uno de los audios se escuchaba la voz de mi hermano:
“Mariana se cree muy fuerte, pero su debilidad es ese chamaco. Aprieten por ahí.”
Esa frase me dio náuseas.
No lloré. No grité. Solo llamé a Lucía.
—Ya tenemos todo.