A la mañana siguiente, antes de las nueve, cancelé todos los accesos.
Bloqueé la tarjeta corporativa de Ricardo, suspendí las transferencias mensuales y llamé a la administradora de la casa para avisar que ya no cubriría la renta. Después pedí a mi contador, Arturo, un informe detallado de cada peso que había salido de mi empresa hacia mi hermano durante los últimos seis años.
Arturo suspiró del otro lado de la línea.
—Mariana, esto debiste hacerlo hace mucho.
No necesitaba que me lo dijera. Ya lo sabía.
La empresa, Distribuidora González, no era un regalo. Mi papá la había levantado desde cero vendiendo abarrotes a tiendas pequeñas en Cholula. Cuando murió, Ricardo dijo que estaba “demasiado afectado” para trabajar. Yo también estaba rota, pero aun así abrí la cortina del local al día siguiente, negocié con proveedores, pagué deudas y dormí en una silla de oficina durante meses.
Mi papá me dejó la dirección porque yo conocía el negocio. A Ricardo le dejó dinero, un terreno y participación familiar. Lo perdió casi todo en restaurantes que cerraron, apuestas disfrazadas de inversiones y amistades que solo aparecían cuando él invitaba.
Aun así, mi mamá siempre me repetía:
—Ayúdalo, Mariana. Es tu hermano. Tu papá no hubiera querido verlo sufrir.
Así que lo ayudé.
Le pagué abogados, deudas, vacaciones que él llamó “retiros de negocios”, colegiaturas, médicos, hasta el bautizo de su hija menor. Y mientras yo trabajaba doce horas diarias, Ricardo decía en reuniones familiares que yo era “controladora” y que él había sido desplazado injustamente.
Pero esa vez no iba a ceder.
El primer ataque vino de Paulina. Subió una historia con fondo negro y letras blancas:
“Hay personas que adoptan niños para verse buenas, pero abandonan a su propia sangre cuando ya no les conviene.”
Luego empezó a llamar a mis tías. Después a proveedores. Luego a empleados antiguos.
El miércoles, Ricardo llegó a mi oficina.
Entró sin cita, con lentes oscuros y esa actitud de hombre acostumbrado a que todos le abrieran paso.
—Necesito hablar contigo.
—Yo no necesito hablar contigo.
—No seas soberbia, Mariana. Me estás dejando sin liquidez.
—No, Ricardo. Te estoy dejando sin mi liquidez.
Se acercó a mi escritorio.