“Raúl… ¿sigo siendo la otra?”
Él no respondió.
Entonces sonó el teléfono de Fernanda.
“¿Mamá?”
Su rostro cambió mientras escuchaba. Primero confusión. Luego vergüenza. Después furia.
“¿El hotel pidió el resto del pago? ¿Cómo que la tarjeta fue rechazada? No, mamá, yo no sabía…”
Raúl cerró los ojos.
Mariana comprendió otra pieza: no solo había usado sus tarjetas. También había engañado a la familia de Fernanda.
Fernanda colgó despacio.
“Mis papás pagaron el anticipo de la ceremonia porque les dijiste que tu dinero estaba retenido por el divorcio.”
Raúl intentó tomarle la mano.
“Fer, podemos hablarlo en privado.”
Ella se apartó.
“Me casé con un hombre que sigue casado.”
Lupita se metió entre ellos.
“¡No le hables así a mi hijo! Él te ama.”
Mariana soltó una risa seca.
“Doña Lupita, ayer la presumía como nuera. Hoy ya no le conviene.”
La mujer se quedó muda.
En ese momento, una camioneta negra se estacionó frente a la casa. Bajó una mujer de traje azul marino, lentes oscuros y carpeta de piel.
Era la licenciada Gabriela Salgado, abogada de Mariana.
Habían hablado a las 7:00 de la mañana. A las 2:15 ya estaba ahí.
“Señora Herrera”, dijo Gabriela.
Mariana abrió la puerta lo suficiente para dejarla pasar al jardín.
Raúl frunció el ceño.
“¿Quién es esta?”
“Su abogada”, respondió Gabriela. “Y, por lo que veo, llegué justo a tiempo.”
Sacó un sobre.
“Señor Mendoza, queda notificado de una demanda de divorcio, solicitud de medidas provisionales, restricción de acceso al domicilio y preservación de comunicaciones, movimientos bancarios, reservaciones, pagos de viaje y cualquier documento relacionado con su intento de matrimonio con la señora Fernanda.”
Fernanda se cubrió la boca.
“¿Intento?”
Gabriela la miró con seriedad.
“Si él sigue legalmente casado, usted necesita su propia asesoría. Lo que ocurrió en Cancún puede tener consecuencias.”
Raúl explotó.
“¡Fue una ceremonia simbólica!”
Fernanda lo miró con los ojos llenos de lágrimas.