ME OBLIGARON A IR A MI ENTREVISTA CON EL TRAJE VIEJO DE MI HERMANA… PERO LA DIRECTORA ME MIRÓ Y DIJO: “SÉ EXACTAMENTE QUIÉN ERES”

Yo respiré hondo.

Si decía la verdad, me iban a quitar todo antes de que pudiera moverme.

Así que mentí.

“Tenían razón”, dije bajando la mirada. “No me dieron el puesto.”

Sofía sonrió.

“Obvio.”

“Me ofrecieron algo temporal”, continué. “Capturista de datos. Sueldo bajo. Por hora.”

Mi papá se relajó.

Mi mamá también.

Y ahí entendí algo terrible: mi fracaso les daba paz.

“Entonces vas a seguir aportando”, dijo mi papá. “El setenta por ciento de lo que ganes. Y como ahora vas a ir hasta Santa Fe, tus gastos en esta casa van a subir.”

Antes habría llorado.

Esa vez asentí.

“Está bien”, dije.

Esa noche, a las dos de la mañana, abrí mi laptop en mi cuarto. Las paredes seguían siendo las mismas, con marcas viejas de humedad y una repisa llena de libros usados. Pero yo ya no era la misma.

Abrí una hoja de cálculo.

En la primera celda escribí:

Plan de salida.

Luego hice columnas: ingresos reales, ingresos falsos, pagos obligados, pruebas, riesgos, deudas, fecha de escape.

No iba a gritar.

No iba a suplicar.

No iba a pedir permiso.

Iba a diseñar mi libertad con la misma precisión con la que se diseña una ruta para cruzar una tormenta.

Y mientras la casa dormía, entendí que el verdadero problema no era conseguir el empleo.

Era esconder una vida nueva de personas que contaban hasta mis monedas.

PARTE 2