PARTE 1: La copa que no debí haber tomado
“En cuanto se quede dormida, le tomas la mano y firmas por ella… mañana va a despertar sin casa, sin empresa y sin apellido.”
Escuché esa frase debajo de la cama, con el velo enredado en el cuello, el vestido de novia aplastado contra el piso y el corazón golpeándome tan fuerte que pensé que iban a descubrirme.
Cinco minutos antes, yo solo quería hacer una broma.
Me llamo Lucía Mendoza. Esa noche me había casado con Andrés Luján en una hacienda elegante a las afueras de Puebla, entre luces colgadas, música de mariachi y mesas llenas de gente que nos felicitaba como si nuestro amor fuera perfecto. Andrés había sido atento, paciente, dulce. Durante dos años me hizo creer que yo era la mujer de su vida.
Por eso, cuando llegamos a la suite nupcial del hotel en el centro histórico, decidí esconderme debajo de la cama para asustarlo. Una tontería. Una última travesura antes de empezar, según yo, nuestra vida de adultos.
Entonces la puerta se abrió.
Primero entró Andrés.
—Ya se la tomó completa —dijo en voz baja.
Se me borró la sonrisa.
Después escuché tacones. Lentos. Seguros.
Doña Elvira, su madre.
—¿La copa con las gotas?
Andrés suspiró.
—Sí, mamá. Se la di durante el brindis. Dijo que sabía raro, pero se la terminó.
Sentí náuseas.
La champaña.
Esa copa que él me sostuvo frente a todos, sonriéndome como un hombre enamorado, mientras me decía:
—Por nosotros, mi amor. Por todo lo que vamos a construir.
Doña Elvira caminó hasta la cama. Sus zapatos quedaron a unos centímetros de mi cara.
—Perfecto. Con ese calmante no va a poder oponerse. Si alcanza a despertar, la haces sentir confundida. Lloras, le dices que estaba histérica, que ella pidió firmar para demostrarte confianza.
Andrés no respondió de inmediato.
—¿Y si alguien sospecha?
Ella soltó una risa fría.
—¿Quién? ¿Su tía enferma? ¿Sus amigas de universidad? Lucía heredó las propiedades de su padre, pero sigue siendo una niña necesitada de cariño. Tú le diste cariño. Ahora cobra.
Me mordí el puño para no llorar.
Mi padre, don Ricardo Mendoza, había muerto hacía tres años. Me dejó una fábrica de muebles en Cholula, dos terrenos y la casa familiar. No era una fortuna absurda, pero era el trabajo de toda su vida. Y yo, ingenua, pensé que Andrés me amaba aunque yo no tuviera nada.
—Trae la carpeta —ordenó Doña Elvira—. Primero el poder administrativo. Luego la autorización para vender los terrenos. En cuanto tu nombre aparezca ahí, ella ya no podrá mover un peso sin ti.
Andrés se acercó al clóset.
—¿Y después?
—Después le pedimos el divorcio cuando convenga. Pero primero nos quedamos con lo importante.
La habitación empezó a dar vueltas. No sabía si era por el calmante o por la traición.
Los zapatos de Andrés pasaron frente a mí. Los mismos zapatos que, horas antes, se habían detenido frente al altar mientras él prometía cuidarme “en la salud, en la enfermedad y en la adversidad”.
Qué fácil se miente frente a Dios cuando ya se tiene un plan.
—Voy al coche por la carpeta —dijo él.
—Rápido —respondió su madre—. Antes de que el efecto baje.