—Buenas noches, amigos —comenzó—. Gracias por apoyar a la Fundación Esperanza.
Aplausos cordiales.
—Como muchos de ustedes saben —continuó—, la filantropía es una tradición en mi familia. Esta noche quiero anunciar un nuevo capítulo.
Ricardo sintió que le flaqueaban las piernas.
—A partir de hoy —dijo Elena—, asumiré la presidencia de la Fundación Esperanza. Y para financiar nuestros nuevos proyectos, haré la mayor donación individual de su historia.
La sala se estremeció.
—Elena… —susurró Ricardo, apenas respirando.
—Cincuenta millones de euros —declaró Elena.
Estallaron los aplausos.
Ricardo se sintió como si le hubieran dado un golpe. Esa cantidad provenía de cuentas que creía controlar, o al menos compartir.
¿Cómo iba a hacer esto sin él?
Elena alzó una mano, esperando a que el ruido se calmara.
—Y ahora —dijo—, me gustaría invitar a alguien especial a que me acompañe. Alguien fundamental en los recientes cambios de mi vida.
El corazón de Ricardo se detuvo.
—Isabela Carvallo, ¿podría subir al escenario, por favor?
Todas las miradas se dirigieron hacia ella.
Isabela se quedó inmóvil; luego se movió, temblando, caminando entre la multitud como si se dirigiera hacia un precipicio.
Elena la ayudó a levantarse con mano firme y una sonrisa que no se desvaneció.
—Señoras y señores —dijo Elena—, les presento a Isabela Carvallo. Una mujer extraordinaria que me enseñó algo valioso: la importancia de la honestidad.
La sala contuvo la respiración.