Elena: “Cariño, cambié de opinión. Me pondré el vestido dorado, el que siempre te ha encantado. Quiero estar perfecta para ti esta noche”.
Ricardo se quedó helado.
Elena nunca le pedía su opinión sobre la ropa. Rara vez buscaba su aprobación de ninguna manera.
Algo en ese mensaje le resultaba… extraño.
Entonces su chófer, Carlos, apareció en la puerta.
«Señor, el coche está listo. ¿Adónde vamos primero?»
La pregunta resonó como un veredicto.
Ricardo miró la foto de Elena y luego imaginó a Isabela esperándolo en su apartamento, aguardando su «victoria».
Tomó su decisión.
«Carlos… primero recogemos a la Sra. Carvallo. Después vamos a la gala».
Se sentía impulsivo, vivo, como un hombre que entra en una nueva historia.
Lo que no sabía era que Elena ya había reescrito el final.
2) El salón de baile y la primera grieta
El Ritz parecía un joyero: candelabros que destilaban luz dorada, manteles de seda importados de Francia, una orquesta de cámara interpretando valses. Trescientos invitados desfilaban con elegantes vestidos y esmóquines, intercambiando sonrisas como si fueran moneda de cambio.
Ricardo entró del brazo de Isabela.
Estaba deslumbrante: vestido azul petróleo, cabello recogido en un elegante moño, collar de diamantes que reflejaba la luz. Parecía una promesa que él se había hecho a sí mismo.
—Esta es nuestra noche —susurró—. Relájate.
Ricardo lo intentó.
Pero la habitación se sentía diferente. Rostros conocidos lo saludaron cálidamente, pero sus miradas se detuvieron demasiado tiempo. Demasiado curiosas. Demasiado penetrantes.
Y la ausencia de Elena no pasaba desapercibida.
Marta Silveira —prima lejana de Elena y una de las organizadoras— se acercó con una sonrisa que parecía una cuchilla.
—Ricardo. Qué sorpresa… y qué encantadora acompañante.
Presentó a Isabela con naturalidad.
La de Marta.
La mirada recorrió a Isabela de pies a cabeza.
—¿Y Elena? Le encanta este evento. Incluso sugirió el tema de este año.
Ricardo no pestañeó.
—Elena está enferma. Un resfriado. Insistió en que viniera, ya que somos patrocinadores.
La sonrisa de Marta se mantuvo cortés, pero sus ojos decían algo más:
Lo sabemos.
Cuando se alejó, la confianza de Isabela flaqueó.
—Ella lo sabe —susurró Isabela—. Siento que todo el mundo lo sabe.
Ricardo forzó una risa.
—Te lo estás imaginando. Ven, bailemos.
Salieron a la pista. Isabela se movía con gracia natural, y durante unos minutos Ricardo se dejó llevar por la ilusión: la música, los aplausos, las miradas, la emoción de ser visto con la mujer que deseaba.
Entonces vio a Elena.