Le Raparon La Cabeza Por Celos. Luego Llegó La Carta De Kincaid-yilux

El día que Tamara me rapó la cabeza, el aire de abril olía a polvo caliente y madera vieja. Yo tenía 22 años, las rodillas en la tierra y las manos quietas sobre mi falda gastada.

La terraza no era grande. Un banco torcido, una cerca vieja y un camino rural al fondo componían casi todo mi mundo visible. Pero ese día, cada objeto parecía estar mirando también.

Tamara no gritaba cuando quería hacer daño. Esa era una de las primeras cosas que una aprendía en su casa. Su voz bajaba, se afinaba y obligaba a todos a escuchar sin querer intervenir.

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Desde niña, mi cabello había sido lo primero que la gente notaba de mí. En la feria de la iglesia, las mujeres tocaban mis trenzas con cuidado. En la tienda, una anciana dijo que parecían tela oscura.

Tamara escuchó ese tipo de comentarios demasiadas veces. Nunca dijo que le molestaban. Solo empezó a colocarme cada vez más lejos de la luz cuando venía gente a la casa.

A veces mi silla desaparecía de la mesa. A veces mi vestido nuevo terminaba sobre el cuerpo de una de sus hijas. A veces, en los viajes a la ciudad, simplemente no había sitio para mí.

No hacía falta encerrarme para borrarme. Bastaba con hacer que todos se acostumbraran a mi ausencia. Tamara era experta en esa clase de castigo limpio, sin marcas y sin testigos dispuestos.

Aquel martes, a las 4:13 de la tarde, decidió que mi cabello era el último sitio donde todavía se me veía demasiado. Me arrodilló junto al banco de la terraza y sacó la navaja.