El potrillo blanco de Santa Lucía
Me llamo Sebastián Ramos Silva, aunque en los ranchos todos me conocen como Chano. Durante cuarenta y tres años fui de esos hombres que bajan la cabeza antes de que les den la orden. No por cobarde, sino porque la vida me había enseñado que cuando uno tiene hijos que alimentar, el orgullo se traga aunque raspe como mezcal barato.
Fui arriero desde joven. Conocí los caminos polvosos de Zacatecas, las veredas de San Luis Potosí, los potreros secos de Tamaulipas y las lluvias traicioneras del norte de Veracruz. Mi mujer, Concepción, murió ocho años atrás. Los doctores dijeron que fue neumonía, pero yo siempre creí que murió de cansancio: cansancio de esperarme, de criar a nuestros dos hijos casi sola, de vivir una vida más dura de lo que merecía.
Mis hijos se fueron a Monterrey a buscar trabajo y yo seguí andando, porque un arriero que se detiene mucho tiempo empieza a sentirse inútil.
Así llegué a la hacienda Santa Lucía, en las faldas de la Sierra Madre Oriental. Era propiedad de don Evaristo Ledesma, un hombre bajo, de barriga pesada y mirada fría. No gritaba casi nunca. Eso era lo peor. Cuando se enojaba, hablaba bajito, como si estuviera apretando los dientes por dentro.
La hacienda era grande, con ganado gordo, caballos finos y una casa blanca que brillaba bajo el sol. Pero por dentro todo tenía un aire triste. Los peones trabajaban con miedo. Los animales también.
A los pocos días de llegar, la vi.
Era una yegua color arena mojada, flaca, con las costillas marcadas y una mancha blanca en la frente en forma de estrella. Estaba apartada en un corralito sin sombra, cercado con alambre viejo. Mientras los otros caballos descansaban bajo techo, ella soportaba el sol como si no valiera nada.
—Se llama Estrella —me dijo don Nacho, el arriero más viejo de la hacienda—. No la mire mucho, Chano.
—¿Por qué?
—Porque la lástima aquí solo mete en problemas.
Pero yo no podía dejar de mirarla.
Estrella tenía una mirada quieta, pesada, como la de alguien que ya no espera nada de nadie, pero sigue respirando por pura costumbre. Yo conocía esa mirada. La había visto muchas veces en el espejo.
Don Evaristo la usaba para todo: cargar, jalar, montar cuando los otros caballos estaban cansados. Y cuando algo salía mal en la hacienda, se desquitaba con ella. Un día lo vi pegarle con una cuarta de cuero porque un comprador no quiso cerrar un trato. Nadie dijo nada. Chepe se dio la vuelta. El Pollo bajó la cabeza. Don Nacho apretó la mandíbula.
Yo también me quedé quieto.
Esa noche no dormí.
Recordé a mi padre diciéndome: “A veces uno tiene que escoger entre la dignidad y los frijoles. Y cuando hay hijos con hambre, ganan los frijoles.”
Pero esa noche pensé que tal vez los frijoles alimentan el cuerpo, y la cobardía va matando otra cosa más honda.
Desde entonces empecé a acercarme a Estrella a escondidas. Le llevaba alfalfa verde, pedazos de piloncillo, agua limpia. Al principio se tensaba cuando yo entraba al corral. Después de unos días dejó que le tocara el cuello. Luego empezó a acercarse cuando me veía.
Una mañana de octubre, antes de que saliera el sol, noté algo raro en su vientre. Me acerqué despacio, observé su costado y sentí un golpe en el pecho.
Estaba preñada.
Una yegua preñada, flaca, golpeada y usada como bestia de carga.
Se lo dije a don Nacho.
—Ya lo sabía —murmuró.
—¿Y por qué nadie dice nada?
—Porque el patrón no escucha.
—Entonces hay que hacerlo escuchar.
Don Nacho me miró como si yo fuera un niño hablando de detener una tormenta con las manos.
—Tenga cuidado, Chano. Don Evaristo no perdona a quien le contradice.
Pero yo ya no podía fingir que no veía.
Pasaron las semanas. Estrella se fue poniendo más pesada, más cansada. Yo la cuidaba como podía. Hasta que una noche, cuando una tormenta amenazaba sin caer, escuché un gemido largo desde el corral.
Corrí con mi linterna.
Estrella estaba echada en la tierra, sudando, respirando con dificultad. El potrillo venía mal acomodado. Una pata estaba doblada hacia adentro y el parto no avanzaba.
Fui por don Nacho.
—Esto es de veterinario —dijo al verla.
—El veterinario tarda seis horas en llegar. Ella no aguanta seis horas.
Don Nacho me miró. Luego se arrodilló.
—Entonces hágale, Chano. Yo la sujeto.
Fueron cuarenta minutos de tierra, sudor, miedo y rezos. Estrella pujaba y yo sentía que se me dormían los brazos. Hubo momentos en que pensé que la perderíamos. Pero de pronto, el potrillo salió.
Cayó inmóvil.
Tres segundos.
Cuatro.
Cinco.
Entonces sacudió la cabeza.
Estaba vivo.
Era blanco. Blanco como nube recién nacida. Blanco de un modo que parecía imposible bajo la luz amarilla de la linterna.
Estrella levantó el cuello y empezó a lamerlo con una ternura que me hizo llorar sin ruido.
—Míralo —susurró don Nacho—. Ese animal nació para que lo miren.
Al día siguiente, cuando don Evaristo vio al potrillo, su mirada cambió. No hubo ternura en sus ojos, solo cálculo. Valor. Dinero. Futuro.
—Tú te vas a encargar de los dos —me ordenó—. Buena pastura, limpieza, vigilancia. Ese potrillo puede valer mucho.
—Ya me estaba encargando —respondí.
Él me miró largo rato, sorprendido de que yo hubiera contestado así.
Desde ese día, el potrillo fue creciendo fuerte. Le puse Sereno, porque nació en una noche húmeda, bajo ese rocío callado que cae sin que nadie lo note y al amanecer aparece sobre todo.
Sereno corría por el corral con sus patas finas, torpes y hermosas. Estrella lo seguía con la vista, más viva que antes. Yo pensaba que quizá, después de tanto dolor, al fin tenía una razón para levantar la cabeza.
Pero don Evaristo no había cambiado. Solo esperaba.
Un día tuve que salir tres jornadas para entregar ganado en Parral. Dejé instrucciones precisas: Estrella no debía cargar, no debía ser montada, no debía separarse del potrillo.
Cuando regresé, la encontré agotada, con los músculos tensos y la mirada apagada.
—El patrón la montó ayer —me dijo Chepe en voz baja—. Dijo que necesitaba caballo.
Fui a la casa grande.
—Don Evaristo, Estrella acaba de parir. No puede montarla así.