—Lo sé. Perdón. Solo… quería verla caminar. Quería saber si se reía. Si traía moños. Si alguien le amarraba bien las agujetas.
Santiago sintió rabia, pero también una tristeza que no había invitado.
—Usted renunció a verla.
—No —dijo Mariela, y por primera vez levantó los ojos—. Yo renuncié a quedármela para que ella pudiera vivir. Es distinto.
Santiago no respondió. La muñeca rosa temblaba en las manos de ella.
—No vine a llevármela —continuó Mariela—. No tengo derecho. No tengo casa bonita ni apellido importante. Solo quería devolverle esto. Era suyo. Yo la guardé porque… porque era lo único que me quedaba de ella.
Desde el vestíbulo del colegio, Valentina miraba a través del cristal. No alcanzaba a oír nada, pero vio a su papá quedarse quieto, y vio a la mujer llorar sin hacer ruido.
Esa tarde, Santiago tomó una decisión difícil. No dejaría que Mariela se acercara a Valentina sin cuidado, pero tampoco permitiría que su hija creciera rodeada de mentiras.
En la sala de la casa, con doña Mercedes cerca y el licenciado Tomás presente, Mariela entró por primera vez a la vida de Valentina no como una sombra detrás de una reja, sino como una mujer sentada frente a ella con las manos temblando.
Parte 3
Valentina entró a la sala con un vestido amarillo y las trenzas bien hechas. Santiago le había contado una parte de la verdad, la suficiente para que no inventara monstruos donde había dolor.
—Ella se llama Mariela —le dijo—. Te conoció cuando eras muy pequeña.
Mariela no se movió. Ni siquiera respiró fuerte.
Valentina miró la muñeca rosa sobre la mesa. Tenía un ojo cosido torcido, un brazo remendado y el vestido desteñido.
—¿Era mía? —preguntó.
Mariela asintió con lágrimas.
—Dormías con ella. Si se caía de la cuna, llorabas como si se hubiera acabado el mundo.
Valentina tocó la muñeca con cuidado.
—Está muy viejita.
Mariela soltó una risa quebrada.
—Tú también me la jalabas de una pierna por todo el piso. Era bastante ruda tu forma de quererla.
La niña sonrió apenas.
Esa sonrisa cambió el aire de la sala. Santiago observaba en silencio, con el corazón dividido entre proteger a su hija y aceptar que protegerla no significaba borrar la mitad de su origen.
—¿Por qué estabas detrás de la reja? —preguntó Valentina.
Mariela bajó la cabeza.
—Porque tenía miedo de no tener derecho a tocar la puerta.
—¿Miedo de mí?
—No, mi amor. Jamás de ti. Miedo de hacerte daño. Miedo de que me odiaras. Miedo de que tu papá pensara que yo venía a quitarle lo que él cuidó mejor que yo.
Santiago sintió el golpe de esas palabras, pero no las negó.
Valentina miró a su papá.
—¿Ella me quería?
Santiago tardó un segundo en responder.
—Sí. A su manera, sí.
Mariela se cubrió la boca con una mano.
—Yo te quise tanto que hice lo único que podía hacer en ese momento. Te dejé donde ibas a estar a salvo. No fue bonito. No fue fácil. Pero fue amor, aunque pareciera abandono.
Valentina tomó la muñeca y la puso sobre sus piernas. Luego dijo la frase que dejó a todos callados:
—Entonces ya no tienes que mirar desde afuera.
Mariela lloró como si por fin pudiera caerse sin romperse.
Santiago se levantó despacio y se acercó a su hija.
—Valentina, esto no cambia que yo soy tu papá.