—Perdón, jefa —le respondió él, volteando a ver a Sofía con furia—. ¿Ya oíste a mi madre? ¡Apúrale! Quiero chilaquiles, huevos y frijoles, y no los vayas a quemar como siempre.
Sofía abrió el refrigerador, pero una ola brutal de mareo la golpeó de lleno, apagándole la vista por un segundo.
Sus rodillas no aguantaron más y se desplomó pesadamente contra el piso de loza helada de la cocina.
—Uy, qué dramática nos salió la princesita —gruñó don Raúl desde su silla—. ¡Ya levántate de ahí!
Víctor no movió ni un dedo para ayudar a su esposa embarazada; en su lugar, caminó hacia el patio y agarró un palo grueso de escoba.
—¡Te dije que te pararas, cabrona! —rugió, cegado por el coraje.
El primer golpe aterrizó seco contra el muslo de Sofía, haciéndola gritar de dolor mientras se encogía para proteger su vientre con desesperación.
—Se lo tiene bien ganado —se burló doña Elena, tomando un sorbo de café—. Dale otro para que entienda cuál es su lugar en esta casa.
—Por favor… mi bebé… te lo ruego —suplicaba Sofía, bañada en lágrimas y temblando de terror.
—¿Es lo único que te importa? —Víctor levantó el palo amenazadoramente una vez más—. ¡A mí se me respeta, carajo!
Con la vista borrosa, Sofía vio su celular en el suelo; en un impulso de supervivencia, se arrastró hacia él.
Sus dedos temblorosos lograron abrir el chat de WhatsApp de su hermano Alejandro, un exmilitar que vivía a escasos 10 minutos de ahí.
Alcanzó a teclear: “Ayuda. Por favor”, justo un segundo antes de que Víctor le arrebatara el teléfono de un manotazo.
Víctor estrelló el aparato contra la pared de la cocina, haciéndolo pedazos, y luego la jaló brutalmente del cabello hacia atrás.
—¿A poco crees que algún pendejo va a venir a salvarte? —le susurró al oído con maldad—. Hoy te voy a enseñar a ser una buena esposa.
De pronto, un rechinido brutal de llantas y el rugido de un motor frenando en seco afuera de la casa congeló a todos en la cocina.
Nadie podía creer lo que estaba a punto de pasar.
PARTE 2
El silencio en la cocina se volvió espeso y cortante, interrumpido solo por la respiración agitada de Víctor y los gemidos ahogados de Sofía.
Doña Elena se levantó fastidiada, asomándose apenas por la ventana con esa actitud de señora dueña del barrio.
Pero la prepotencia se le borró de la cara en un segundo, soltando la cortina como si quemara; estaba pálida.
—Víctor… creo que nos cayó visita —tartamudeó la suegra, con una voz que ya no tenía ni una gota de veneno, solo miedo puro.