PARTE 1
Sofía tenía 6 meses de embarazo cuando el verdadero infierno se desató en su propia casa a las 5 de la mañana.
La puerta de la recámara se estrelló contra la pared con una violencia que la hizo saltar de la cama.
Víctor, su esposo, entró como un huracán enfurecido, sin decir buenos días, sin una pizca de compasión.
—¡Párate ya, huevona inútil! —le gritó, arrancándole las cobijas de un tirón—. ¿Acaso crees que por estar preñada ya eres la reina de la casa? ¡Mis papás tienen hambre, güey!
Sofía se incorporó con mucha dificultad, sintiendo un ardor insoportable en la espalda y un temblor en las piernas.
—Me duele mucho la cadera… neta no puedo moverme rápido —susurró ella, al borde del llanto.
Víctor soltó una carcajada cargada de desprecio y machismo puro.
—¡Ay, por favor! ¡Otras viejas paren en el campo y no andan de chillonas! ¡Deja de hacerte la víctima y bájate a hacer el pinche desayuno ahorita mismo!
Cojeando y arrastrando los pies, Sofía bajó las escaleras hacia la cocina, sintiendo que el aire le faltaba.
Abajo ya la esperaban don Raúl y doña Elena, sus suegros, sentados a la mesa del comedor con caras largas.
Nora, su cuñada, también estaba ahí, recargada en la barra con el celular en la mano, grabándola descaradamente.
—Mírenla nomás —soltó doña Elena con una sonrisa venenosa—. Se siente la Virgen María nomás por traer chamaco. Qué lenta y torpe nos salió. Víctor, la neta eres demasiado blando con esta mujer.