Una cena que no parecía normal
La noche en que Steven invitó a Lucy y a su hijo Tommy a cenar, la casa parecía demasiado ordenada, demasiado silenciosa, demasiado perfecta. La mesa estaba preparada con un mantel limpio, vasos de cristal y hasta las servilletas “buenas”, esas que solo se usaban en ocasiones especiales. Él sonreía con una amabilidad rígida, como si estuviera interpretando el papel de un padre ejemplar.
Tommy, con la inocencia de un niño de nueve años, incluso bromeó al verlo tan aplicado en la cocina. Lucy intentó seguirle el juego, pero algo en la actitud de Steven le resultaba inquietante. No era cariño verdadero; era una calma ensayada, una cortesía que parecía esconder algo mucho más oscuro.
Cuando se sentaron a comer, el pollo con hierbas y salsa cremosa tenía un sabor normal, aunque un poco pesado. Steven casi no probó bocado. Miraba el teléfono con frecuencia y parecía esperar el momento exacto en que algo ocurriera. Lucy empezó a sentirse extraña antes de terminar la cena. Primero notó la lengua pesada. Luego, los brazos. Después, las piernas.
Tommy fue el primero en decirlo en voz alta:
“Mamá… me siento raro.”
Steven se inclinó hacia él y le acarició el hombro con una suavidad escalofriante.
“Solo es cansancio, hijo. Descansa un poco.”
Lucy intentó levantarse, pero la habitación comenzó a girar. Apenas pudo sostenerse unos segundos antes de caer al suelo junto a su hijo. En ese instante entendió que algo terrible había ocurrido. Sin embargo, en lugar de perder el conocimiento por completo, tomó una decisión desesperada: fingió estar inconsciente y obligó a su mente a permanecer despierta.