Finge ser mi esposa’, susurró él. ¡Un solo beso bastó para romper su única regla!

Una mujer desconocida tocó la puerta principal. Venía polvosa, cansada, con una bolsa de piel y los ojos de alguien que había cruzado medio infierno para llegar.

—Busco a Valeria Cortés —dijo.

Valeria apareció detrás de Santiago y se quedó sin voz.

Era Mercedes Alarcón, la esposa de Joaquín.

Mercedes abrió la bolsa y puso sobre la mesa 17 cartas.

—Carranza le ha estado pagando a mi marido desde hace 8 meses. Todo esto fue planeado antes de que tú llegaras. Tú no eras el escándalo, Valeria. Eras la carnada.

Parte 3

Las 17 cartas cambiaron todo.

En ellas, Don Ernesto Carranza le pedía a Joaquín Alarcón que viajara a Jalisco, repitiera la historia del supuesto robo y manchara a Valeria ante el juez. A cambio, recibiría dinero, contactos y protección. Pero había algo peor: Carranza no buscaba solo destruir a Valeria. Quería usar el escándalo para demostrar que Santiago Robles tenía una “casa inestable”, una esposa falsa y mala reputación, y así reabrir el pleito por el pozo que alimentaba La Esperanza.

Doña Carmen leyó 3 cartas y tuvo que sentarse. Miró a Valeria con una vergüenza que ninguna disculpa podía borrar del todo.

—Yo también te juzgué con la historia que otro hombre escribió sobre ti.

Valeria no respondió de inmediato. Luego dijo:

—A mí me costó años entender que no tengo que convencer a todos. Solo necesito que la verdad llegue a tiempo.

Santiago mandó llamar al padre Miguel, el único hombre del pueblo al que ni Carranza se atrevía a comprar. El sacerdote llevó copias de las cartas al juez estatal que llegaría en 5 días para revisar el pleito del agua.

Mientras tanto, Joaquín Alarcón llegó a Tepatitlán como si todavía fuera dueño del miedo de Valeria. Entró al restaurante del centro hablando alto, diciendo que ella era una oportunista, una ladrona, una mujer que se metía en camas ajenas para sobrevivir.

Santiago apareció en la puerta.

No gritó. No golpeó. Eso lo hizo más peligroso.

—Repítalo mirándome a los ojos.

Joaquín intentó reír.

—Su esposa no es lo que usted cree.

—Mi esposa es exactamente quien dice ser. Usted es el que viene pagado.

La palabra “esposa” atravesó el lugar. Valeria, que acababa de entrar detrás de Santiago, lo escuchó y supo que ya no sonaba a trato, ni a mentira, ni a papel firmado por urgencia. Sonaba a elección.

Joaquín palideció al ver a Mercedes entrar también.

—Hola, Joaquín —dijo ella—. Esta vez sí voy a hablar.