Valeria tomó los papeles, buscó el número exacto y levantó la mirada hacia los 50 invitados que contenían el aliento.
—Razón número 23: “Valeria es tan descuidada con su propia casa, que ni siquiera se dio cuenta de que accedí a su cuenta bancaria conjunta para retirar dinero para el regalo de cumpleaños de Diego. Prueba de que no tiene control sobre sus finanzas”.
Un murmullo de confusión recorrió la sala. Leticia mantenía su sonrisa, esperando que Valeria bajara la cabeza por la humillación de ser tachada de ignorante.
Pero Valeria no bajó la cabeza. Abrió su bolso, sacó un documento doblado y lo desdobló con total calma.
—Para que quede muy claro frente a toda su familia —dijo Valeria, elevando la voz—. Sí me di cuenta. Fueron exactamente 195,000 pesos los que usted transfirió a su cuenta personal.
Leticia perdió el color de inmediato. La sonrisa se le borró y sus manos empezaron a temblar.
—Y aquí tengo el estado de cuenta oficial del banco que lo prueba. Usted no compró un regalo, Doña Leticia. Usted usó nuestros ahorros para comprarse esos muebles antiguos que tanto ha presumido esta semana.
El silencio fue sepulcral. Diego se acercó de golpe, con los ojos muy abiertos.
—¿Mamá? ¿Es neta? ¿Sacaste lana de nuestra cuenta sin avisar?
—¡Es un malentendido! —balbuceó Leticia, buscando apoyo visual en sus amigas adineradas, que ahora desviaban la mirada—. Era para una sorpresa a futuro, yo soy tu madre, no tengo que andar pidiendo permisos para administrar lo de mi propia familia.
Sofía, la hermana de Diego, dio un paso al frente desde el fondo del salón. Su voz temblaba, pero estaba decidida.
—Es verdad, Diego. Yo misma revisé el sistema del banco. Mamá sacó los 195,000 pesos hace cuatro días.
Leticia soltó un grito ahogado, sintiéndose acorralada.
—¡Sofía! ¿Tú también te pones en mi contra por esta muerta de hambre?
De repente, la tía Carmen, la hermana mayor de Leticia que llevaba años callada, se levantó de su silla con pesadez.
—Ya basta, Leticia. Eso no es administrar, eso se llama robar. Y no es la primera vez que destruyes a la gente con tus mentiras para no perder el control.
La sala entera jadeó. Carmen continuó, soltando el rencor de décadas.
—Le dijiste a nuestro padre que yo le robaba dinero a la empresa familiar. Nunca lo hice, pero él murió creyendo tus cuentos. Has envenenado a esta familia por 30 años, y ya fue suficiente.
Mariana, la exnovia, intentó escabullirse hacia la puerta principal, dándose cuenta de que el barco se hundía, pero Valeria la detuvo con la mirada.
—Y por cierto —dijo Valeria, implacable—, a ti nadie te invitó, Mariana. Veniste de buitre porque Doña Leticia te prometió que hoy me iban a hacer pedazos. Puedes irte.
Mariana bajó la cabeza, roja de vergüenza, y salió corriendo de la casa sin decir una sola palabra.
Leticia, desesperada, se aferró al brazo de su hijo, llorando lágrimas de cocodrilo.
—¡Hijo, por favor! ¿No ves que está manipulando todo? Quiere separarte de mí, yo solo lo hice por tu bien. ¡Soy tu madre!
Diego miró los papeles en la mano de su esposa. Miró el vientre donde crecía su hijo. Luego miró a la mujer que le había dado la vida y que acababa de intentar destruir su matrimonio por puro capricho.
Por primera vez en 29 años, el cordón umbilical se rompió.
—Hiciste una lista para humillar a mi esposa embarazada —dijo Diego, con la voz quebrada pero firme—. Trajiste a mi exnovia para lastimarla. Y nos robaste 195,000 pesos de los ahorros para mi hijo.
—¡Era una broma, Diego, te lo juro!