El silencio en la mansión se volvió pesado, casi asfixiante. Leticia abrió el sobre con una lentitud teatral, sacando cuatro hojas impresas, perfectamente numeradas del 1 al 47.
Valeria buscó con la mirada a su amiga Fernanda, quien ya tenía el celular en la mano, grabando discretamente todo el teatro.
Por otro lado, Mariana, la exnovia, estaba recargada en la mesa de postres con una sonrisita burlona, disfrutando el show como si fuera la invitada de honor.
—A ver, mamá, ya párale, ¿no? —murmuró Diego, tratando de quitarle las hojas, pero Leticia se alejó con un paso ágil.
—Tranquilo, mi amor, es solo un poco de humor familiar. Valeria es una mujer inteligente, seguro lo va a entender —dijo Leticia, mirándola con desprecio—. Leeré solo algunas.
Se acomodó los lentes de diseñador y carraspeó.
—Número 1: Convenció a mi hijo de irse a vivir lejos de su madre. Número 4: Trabaja demasiado, descuidando sus deberes como futura madre.
Las risas de los invitados se fueron apagando. La incomodidad empezó a reemplazar a la diversión. Algunos tíos se miraban entre sí, sintiendo que la broma se estaba pasando de lanza.
—Número 15: Es demasiado testaruda e independiente. En esta vida, una buena esposa debe saber agachar la cabeza y apoyarse en su marido.
Valeria sintió una patada fuerte en su vientre. Respiró profundo, acomodó su postura y, con una voz tan firme que hizo eco en el salón, la interrumpió.
—Doña Leticia, ya que estamos compartiendo verdades frente a todos, ¿me permite leer la número 23?
La suegra parpadeó, desconcertada por la falta de sumisión. Pero su ego era más grande que su prudencia, así que le tendió las hojas con una sonrisa sobrada.
—Adelante, querida. La que gustes.