Diego soltó una carcajada nerviosa, pensando que era otra de las pesadas bromas de su madre. Gran parte de la sala se rió por compromiso.
Pero Valeria no se rió. Tenía 7 meses de embarazo, los tobillos hinchados y un profundo dolor en la espalda baja. Llevaba un vestido azul marino, el único que todavía la hacía sentir cómoda y bonita.
Leticia la observaba con sus perlas brillando bajo la luz, sintiéndose la dueña absoluta del evento. Pero la suegra había cometido un error garrafal, porque dentro de ese sobre no solo había veneno y humillación.
Había una confesión directa que estaba a punto de arruinarle la vida frente a todos.
Valeria tenía 29 años, trabajaba como gerente de marketing y no venía de una familia de abolengo. Su madre falleció cuando ella tenía 16 años, obligándola a chingarle duro desde muy joven.
Pagó su universidad, su renta y se abrió camino sola, sin depender de la cartera de nadie. Y esa neta, esa independencia absoluta, era exactamente lo que Doña Leticia odiaba de ella.
Leticia quería una nuera sumisa, una “niña bien” que se dejara mangonear y que entendiera que, en la familia Garza, la única jefa era ella.
Desde la boda, Leticia no dejó de tirar indirectas. Diego, criado bajo el yugo materno, siempre usaba la misma excusa cobarde: “Así es mi mamá, amor, no te lo tomes a pecho”.
Esa maldita frase fue el fantasma de su matrimonio. “Así es mi mamá” cuando criticaba su ropa, cuando llegaba de metiche a su casa sin avisar, o cuando la juzgaba por seguir trabajando embarazada.
El colmo llegó con el baby shower. Leticia secuestró el evento por completo, sin dejar que Valeria opinara ni siquiera en el color de las servilletas.
Incluso tuvo el descaro de invitar a Mariana, la exnovia fresa con la que Diego anduvo 4 años. “Es amiga de la familia, no seas tóxica”, le había dicho Diego para evitar el pleito.
Pero el verdadero problema no era la decoración ni la exnovia. El verdadero problema había estallado el día anterior en un café.
Sofía, la hermana de Diego que trabajaba en el banco, citó a Valeria a escondidas, temblando y con un estado de cuenta en las manos.
Le confesó que Leticia había vaciado 195,000 pesos de la cuenta de ahorros del matrimonio. Diego le había dejado un acceso secundario a su madre desde antes de casarse, “solo para emergencias”.
Esa misma tarde, Valeria confrontó a su esposo. Él, muerto de miedo por enfrentar a su madre, justificó que Leticia había tomado el dinero prestado para “una sorpresa familiar” y le rogó a Valeria que no armara un pancho en el baby shower.
Valeria no prometió nada. Se quedó mirando su vientre, sabiendo que Leticia no planeaba una fiesta, sino una ejecución pública.
Ahora, de pie frente a todos los invitados, con el sobre blanco en alto, Leticia se preparaba para dar el golpe final.
Nadie en esa sala, ni siquiera el propio Diego, podía imaginar el infierno que estaba a punto de desatarse. Era la calma antes de la tormenta, y la tensión en el aire dejaba a todos con la sensación de que era imposible creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2