Esa noche, en la casa de doña Inés, Tomás no quiso cenar. Se acostó con la ropa puesta, abrazando una blusa vieja de su madre. La tía le acarició el cabello.
—Mi niño, hiciste lo que pudiste.
—No me creyó nadie —susurró él—. Pero ella sí sabe que yo vi todo.
Afuera, la colonia quedó en silencio. Los perros ladraban lejos, las luces de los postes parpadeaban y una sombra se movió junto al patio trasero.
Maribel abrió la puerta con una copia de la llave que Rosalía le había confiado meses atrás. Caminó despacio hasta el cuarto de Tomás. El niño abrió los ojos justo cuando una mano enguantada le tapó la boca.
—Te advertí con la mirada en el tribunal, mocoso —susurró ella—. Pero hablaste demasiado.
Tomás pataleó, desesperado. Maribel le puso un trapo húmedo sobre la nariz. Antes de perder el conocimiento, alcanzó a ver sus uñas rojas brillando en la oscuridad.
Cuando doña Inés despertó al amanecer, encontró la cama vacía, la ventana cerrada y la blusa de Rosalía tirada en el suelo.
Parte 2
El juez Ernesto Valdés no pudo dormir aquella noche.
La frase del niño le golpeaba la conciencia como si el mazo que había usado para condenar a José Manuel ahora cayera una y otra vez sobre su propio pecho: “Ella mató a mi mamá”.
Ernesto había construido su vida sobre una idea casi sagrada: la ley no debía temblar. Pero esa madrugada, en su despacho lleno de libros y diplomas, comprendió que la ley también podía volverse cruel cuando un hombre se enamoraba demasiado de su propia certeza.
Abrió el expediente de Rosalía. Volvió a leer declaraciones, horarios, fotografías, supuestas pruebas. Algo no encajaba. Maribel había dicho que estuvo en misa a la hora del crimen, pero el acta del templo solo confirmaba que la vieron antes. El cuchillo hallado en la cocina tenía huellas de José Manuel, sí, pero era el cuchillo de su propia casa.
Y había un detalle mínimo que nadie investigó: un vecino mencionó una camioneta blanca detenida frente a la casa de Rosalía, pero el fiscal lo descartó por “irrelevante”.
Al amanecer, Ernesto se quitó la toga y salió sin avisar a nadie. Fue a la colonia San Andrés, donde las banquetas estaban rotas, las señoras barrían frente a sus casas y los puestos de tamales comenzaban a levantar vapor.
Tocó puertas. Preguntó con humildad, no como juez, sino como hombre asustado. Algunos vecinos lo miraron con rabia. Otros bajaron la voz. Finalmente, un viejo mecánico llamado don Evaristo lo llamó desde su cochera.
—Yo tengo cámara, señor juez. No dije nada porque no quería problemas, pero después de ver al niño llorar en la tele… ya no pude quedarme callado.
Le entregó una memoria USB. Ernesto la conectó en su auto con las manos temblando. El video mostraba la calle la noche del crimen. A las 10:43, Maribel cruzaba hacia la casa de Rosalía con una bolsa negra. A las 11:09 salía corriendo, mirando hacia atrás, y subía a una camioneta blanca.
Ernesto sintió que el estómago se le hundía.
—Dios mío… Tomás decía la verdad.
Entonces sonó su celular. Era doña Inés, llorando tanto que apenas podía hablar.
—Señor juez… Tomás desapareció.
La sangre se le congeló.
—¿Cuándo?
—Anoche. Estaba en su cama. Nadie oyó nada. Pero Maribel vino ayer en la tarde… preguntó si el niño seguía hablando del juicio.
Ernesto cerró la computadora de golpe. En ese instante, todo se volvió claro. Maribel no solo había matado a Rosalía; ahora quería borrar al único testigo que podía hundirla.
Fue directo a la casa de Maribel. Ella abrió con una bata limpia, el cabello perfecto y una sonrisa suave.
—Juez Valdés, qué sorpresa. ¿Ya viene a disculparse por el escándalo del niño?
Ernesto la observó en silencio.
—¿Dónde está Tomás?
Maribel parpadeó apenas.
—Pobre criatura. Seguro huyó por el trauma. Usted sabe cómo son los niños.
Él dio un paso hacia el portón.
—Sé que usted estuvo en la casa de Rosalía esa noche.
La sonrisa de Maribel se endureció.