PARTE 1
El día que Mariana firmó el divorcio en una lujosa y fría oficina de Santa Fe, tenía 3 meses de embarazo. Pero el hombre frente a ella estaba demasiado desesperado por irse como para notarlo.
Santiago Herrera golpeaba la mesa de caoba con impaciencia. Su reloj suizo destellaba bajo la luz blanca mientras miraba de reojo la puerta. Tenía prisa, muchísima prisa. A las 4 de la tarde salía su vuelo a Guadalajara para reencontrarse con Valeria, su primer amor, la mujer por la que estaba destruyendo 5 años de matrimonio.
—Ya firma, Mariana, no le des tantas vueltas —dijo Santiago con voz helada y fastidiada—. Mis abogados no te van a dejar en la calle. Te quedas con el departamento, un coche y 5000000 de pesos. Es muchísima lana. ¿Qué más quieres?
El celular de Santiago vibró en la mesa. La pantalla se iluminó con un nombre que a Mariana le quemó el alma: “Valeria”. Él contestó de inmediato, dándole la espalda, bajando la voz, pero sin poder ocultar una sonrisa estúpida. Le juró a su amante que ya casi terminaba el trámite, que el boleto estaba listo, que lo esperara.
Mariana, con la mano apoyada instintivamente sobre su vientre aún plano, bajó la mirada hacia la última página del acuerdo. La cláusula de custodia decía claramente: “Durante el matrimonio no hubo hijos en común”. Santiago ni siquiera había leído esa parte. Estaba tan cegado por su nueva vida que le urgía borrar a Mariana de la suya como si fuera un error, una simple mancha en su saco de diseñador.
—¿Alguna vez me amaste, neta? —le preguntó Mariana en un susurro, sintiendo que la garganta se le cerraba.
Santiago soltó una risa seca, casi burlona.
—No me salgas con cursilerías de telenovela. Somos adultos. Toma el dinero, haz tu vida y deja de aferrarte, güey. Ya supéralo.
Mariana no derramó ni 1 sola lágrima más. Apretó la pluma con tanta fuerza que casi rompió el papel, firmó y salió a la calle. Bajo el sol asfixiante de la Ciudad de México, con el ruido del tráfico a su alrededor, se abrazó el vientre y le hizo una promesa a la pequeña vida que latía dentro de ella: “A partir de hoy, solo nos tenemos tú y yo”.
Pasaron exactamente 10 años. El Colegio Reforma, una de las primarias más exclusivas de Polanco, celebraba su ceremonia de graduación. El auditorio estaba a reventar de padres fresas y cámaras de última generación. De pronto, un alboroto sacudió el lugar. El director, temblando de emoción, tomó el micrófono para anunciar la llegada del mayor benefactor de la escuela.
Un hombre impecable, de porte frío y traje hecho a la medida, subió al escenario. Era Santiago Herrera. Con la misma arrogancia de siempre, anunció frente a todos una donación de 5000000 de pesos para las instalaciones. El lugar estalló en aplausos desquiciados.
Para coronar el momento, el director llamó al mejor alumno de la generación para recibir un reconocimiento especial de manos del millonario. Un niño de 10 años, con su uniforme impecable y caminar seguro, subió los escalones. Se paró frente a Santiago.