PARTE 2
Alejandro no llevó a Lucía a su antigua casa en San Pedro. La llevó a un departamento blindado en una torre de Valle Oriente, con elevador privado, vidrios gruesos y hombres armados en cada entrada.
Parecía lujo.
Pero Lucía lo sintió como una jaula.
Cuando Alejandro vio la mochila que ella traía, con dos mudas de ropa, vitaminas prenatales del seguro popular y tres ultrasonidos doblados, se quedó en silencio.
“¿Viviste así todo este tiempo?”
“Viví”, respondió ella. “Eso ya era bastante.”
Él no supo qué decir.
Un médico de confianza la revisó esa misma noche. El bebé estaba bien, aunque pequeño. Lucía escuchó los latidos y por primera vez en meses permitió que las lágrimas le cayeran sin esconderlas.
Alejandro estaba junto a la puerta, rígido, con los ojos rojos.
“Es niño”, dijo Lucía.
Él tragó saliva.
“¿Ya tiene nombre?”
“Mateo.”
Alejandro bajó la mirada. “Mi abuelo se llamaba así.”
“Lo sé.”
Ese detalle lo quebró más que cualquier acusación.
Pero no hubo tiempo para ternura.
Marco, su hombre de confianza, llegó con noticias: Rogelio había desaparecido de su oficina. También habían vaciado cuentas, borrado archivos y movido vehículos hacia una bodega cerca del aeropuerto.
“Ya sabe”, dijo Lucía.
Nadie lo negó.
Entonces Valeria pidió entrar.
Alejandro quiso echarla, pero ella levantó una carpeta.
“No vengo por celos. Vengo con pruebas.”
En la mesa del comedor, Valeria extendió estados de cuenta, fotografías, llamadas registradas y nombres de empresas fantasma. Durante tres meses había investigado a Rogelio porque también estaba desviando dinero de los Santillán.
“Yo no sabía que Lucía estaba viva”, dijo Valeria. “Pero sabía que Rogelio estaba planeando algo.”
Lucía la miró con rabia.
“¿Y aun así ibas a casarte con mi esposo?”
Valeria no se inmutó.
“Iba a casarme con Alejandro para proteger a mi familia. En nuestro mundo, los sentimientos no firman contratos.”
“Pues en el mío sí destruyen vidas”, respondió Lucía.
Alejandro golpeó la mesa.
“Basta. Necesito saber si Rogelio tiene gente dentro.”
Valeria sostuvo su mirada.
“La tiene. Y más cerca de lo que crees.”
Antes de que alguien preguntara más, se fue la luz.
Todo quedó negro.
Luego vinieron los disparos.
Los cristales resistieron unos segundos antes de llenarse de grietas. Los hombres de Alejandro gritaron órdenes. Lucía sintió que alguien la jalaba hacia el pasillo. Era Valeria, con una pistola en la mano y sangre fría en los ojos.
“Muévete.”
“No me toques.”
“¿Quieres pelear conmigo o quieres que tu hijo nazca vivo?”
Lucía obedeció.
Las llevaron a una habitación interior. El sonido afuera era una guerra: golpes, pasos, alarmas, vidrios cayendo. Lucía se abrazó el vientre mientras Mateo se movía como si también sintiera el peligro.
Valeria le puso una pistola en las manos.
“Apunta al pecho. No cierres los ojos.”
“No sé disparar.”
“Hoy aprendes.”
La puerta se abrió de golpe.
Un hombre entró con el rostro cubierto. Valeria disparó, pero él le rozó el brazo y ella cayó contra la pared. Lucía levantó el arma con ambas manos temblando.
Pensó en el cuarto sobre la lavandería.
En las noches sin dormir.
En el bebé que todavía no conocía el sol.
Y disparó.
Una vez.
Dos.
Tres.
El hombre cayó.
Lucía soltó un grito que no parecía suyo.
Valeria, pálida, apretó la herida de su brazo.
“Bienvenida de vuelta, señora Mendoza.”
En ese momento, una explosión sacudió la torre.
Lucía cayó de rodillas. Un dolor agudo le atravesó el vientre.
No era miedo.
Era una contracción.