A las 2 de la mañana llegaron riéndose, oliendo a tequila caro y perfume de restaurante elegante.
—Ay, mamá, relájate —dijo Mariana—. También merecemos descansar.
Teresa no respondió. Pero esa noche, mientras levantaba vasos de plástico y migajas de galletas, vio su placa de jubilación cubierta de polvo.
Y entonces tomó una decisión.
Días después, Alejandro entró a la cocina con Karla, su esposa. Teresa estaba cerca, secando platos. Ellos hablaron como si ella fuera un mueble.
—No busques niñera para el viaje a Cancún —dijo Alejandro—. Mi mamá no tiene nada que hacer.
Karla soltó una risa bajita.
—Qué suerte tenerla gratis.
Teresa siguió secando el mismo plato durante varios segundos. Luego sonrió.
Ese sábado, cuando llegaron con maletas para los niños, ella los recibió con calma, les preparó chilaquiles y les deseó buen viaje. Nadie notó que, detrás de su sonrisa, ya había comprado un boleto de autobús.
Esa noche, cuando todos dormían, Teresa llamó a su hermana Lupita, que vivía en Mazatlán.
—¿Sigue en pie tu invitación?
Lupita no preguntó nada. Solo dijo:
—Aquí te espero, hermana.
El lunes a las 6:30, antes de que Alejandro llegara, Teresa cerró la puerta con una llave nueva, dejó una carta pegada con cinta en el portón y subió a un taxi.
A las 7:00, Alejandro metió su llave vieja en la chapa.
No abrió.
Y cuando leyó la carta, el rostro se le quedó blanco.
Parte 2
La carta decía que Teresa había criado ya a sus hijos, que amaba a sus nietos, pero que no iba a seguir entregando su cuerpo, su salud y su jubilación para que 2 adultos siguieran viviendo como adolescentes.
También decía que las llaves de emergencia estaban con doña Rosario, la vecina de al lado, y que no la buscaran hasta que ella estuviera lista.
Alejandro marcó 12 veces. Mariana, 18. Karla dejó audios llorando de coraje.
Teresa, sentada en la Central de Autobuses CAPU, vio vibrar el teléfono dentro de su bolsa. Luego lo apagó. Por primera vez en años, respiró sin sentir que alguien iba a pedirle algo.
Cuando llegó a Mazatlán, Lupita la recibió con un sombrero enorme y una sonrisa de muchacha.
—Mira nada más, la fugitiva más elegante de Puebla.
Teresa soltó una carcajada que le salió desde un lugar que creía seco. Esa tarde caminaron por el malecón. Al día siguiente comieron aguachile frente al mar. A la semana, Teresa ya dormía hasta las 9, leía novelas bajo una sombrilla y tomaba sus pastillas a tiempo.
Pero en Puebla, la vida se desarmó.
Alejandro perdió 3 días de trabajo porque no encontró quién cuidara a Santiago y Emiliano. Karla tuvo que pedir permiso sin goce de sueldo y se enfureció porque la guardería privada cobraba más de lo que imaginaban.
Mariana canceló su membresía del gimnasio y dejó de salir los fines de semana. Una niñera le cobró por hora, por comida y por quedarse después de las 8. Mariana terminó llorando en el estacionamiento de un supermercado porque Valeria hizo berrinche y nadie apareció para rescatarla.
Una tarde, Alejandro fue a casa de doña Rosario.
—Dígame dónde está mi mamá.