PARTE 1
Cuando vi la cara de mi esposo muerto iluminar el celular de mi nuera, sentí que el mismísimo diablo se había metido a mi casa. Yo estaba ahí, temblando, viendo la pantalla brillar con la foto de mi marido. Llevaba cinco años enterrado, pero ahí estaba, sonriendo, junto a un mensaje que decía: “El jueves, a la misma hora. Ya me muero por verte”. Sentí que el aire se me congelaba en los pulmones y que el piso se abría bajo mis pies.
Esa mañana de martes había empezado como cualquier otra. El otoño en la sierra de Chihuahua ya había pintado los cerros de dorado, y el aire helado que entraba por la ventana anunciaba que el invierno ya estaba a la vuelta de la esquina. Valeria, mi nuera, había venido a desayunar conmigo, como lo hacía sagradamente cada semana desde que mi esposo Arturo falleció de un infarto. Yo siempre vi ese detalle como un acto de amor, una forma de no dejarme sola en esta casona que me quedaba inmensa a mis 68 años.
“Voy rápido al súper, doña Carmen”, me dijo, recogiendo su bolso de diseñador después de terminarse el café. “Tengo que comprar unas cosas para la cena de Diego. ¿Gusta que le traiga algo?”.
Le sonreí, negando con la cabeza. Valeria siempre tan perfecta, tan “mosca muerta”. Ni un pelo fuera de lugar, maquillada impecablemente hasta para un simple desayuno, oliendo a perfume caro. Siempre pensé que mi hijo Diego se había sacado la lotería con ella. O al menos, eso era lo que mi estúpida inocencia me hacía creer.
Apenas habían pasado quince minutos desde que cruzó la puerta, cuando escuché un zumbido insistente. Había dejado su celular olvidado sobre la vitrina del comedor. Yo no soy una mujer metiche, jamás me ha gustado revisar cosas ajenas. Pero el teléfono no dejaba de vibrar, como si la vida de alguien dependiera de esa llamada. “Seguro es una emergencia del colegio de mi nieto”, pensé, acercándome.
Fue entonces cuando lo vi.
La cara de Arturo, mi esposo con el que compartí cuarenta años de mi vida, estaba ahí, en el fondo de pantalla de una conversación. Y no era una foto vieja. Era él, con una camisa azul a cuadros que yo jamás le compré, en un lugar que no reconocía. El mensaje brillaba en la pantalla con una desfachatez que me dio náuseas.
Mis manos temblaban tanto que casi tiro el aparato. Mi cerebro de señora mayor no podía procesar lo que mis ojos veían. ¿Cómo iba a mandarle mensajes un muerto? ¿Era una broma macabra? El instinto pudo más que mis buenos modales y desbloqueé el teléfono. Valeria usaba la fecha de nacimiento de mi nieto Santi como contraseña, lo había visto mil veces.
Abrí la aplicación y el alma se me cayó a los pies. Era un historial inmenso con un contacto guardado como “A”. Empecé a deslizar la pantalla hacia arriba, leyendo cómo se ponían de acuerdo, cómo hablaban de mi hijo a sus espaldas: “Diego no sospecha nada. Tenemos que cuidarnos, la vieja no tiene idea de nada”. Me llamaban “la vieja”. Seguí retrocediendo: un año, dos años, cinco años. Los primeros mensajes eran de meses antes de que Arturo muriera.
Mi marido y mi nuera. El hombre de mi vida y la mujer de mi hijo. Eran amantes.
El dolor en el pecho me hizo doblarme, sentí unas ganas terribles de vomitar. Pero la confusión me carcomía. Arturo estaba en un panteón. ¿Quién demonios le estaba escribiendo a Valeria? ¿Por qué ella respondía como si fuera él?
En ese instante, escuché el motor de su camioneta estacionarse afuera. Había regresado. Dejé el celular exactamente donde estaba y corrí a la cocina, agarrándome del fregadero para no desmayarme. Mi corazón latía tan fuerte que juraba que ella lo escucharía al entrar.
“¡Ay, suegra, dejé mi teléfono!”, gritó desde la sala con esa vocecita dulce y ensayada.
“Está en la vitrina, mija”, le contesté, sorprendida de que mi voz no se quebrara. La vi asomarse por la puerta de la cocina, guardando el celular en su bolsa, regalándome una sonrisa que ahora me parecía la máscara de un monstruo. “Con cuidado en la carretera”, le dije.
En cuanto cerró la puerta, me dejé caer en una silla. No podía creer la pesadilla que estaba a punto de desatarse. Alguien estaba usando el nombre y la cara de mi marido muerto para revolcarse con mi nuera, y yo, cueste lo que cueste, iba a descubrir quién era. Y juro por Dios que la verdad los iba a destruir. No puedo creer lo que está a punto de pasar…
PARTE 2
Esa noche no dormí un solo minuto. Cada que cerraba los ojos, veía la cara de Arturo en ese maldito teléfono, burlándose de mí. ¿Cómo fui tan ciega durante cinco años? La respuesta llegó a la mañana siguiente cuando mi hijo Diego me llamó. Sonaba cansado, igual que siempre desde que asumió el control de los negocios de su padre. Me dijo que pasaría por unos papeles al despacho de Arturo.
Esa fue mi señal. Antes de que Diego llegara, bajé al despacho que nadie había tocado desde el velorio. Arturo era un hombre mañoso, calculador. Siempre escondía la llave del cajón inferior detrás de un cuadro de la Virgen. Metí la mano y ahí estaba. Al abrir el cajón, bajo un montón de estados de cuenta viejos, encontré una caja de madera que en mi vida había visto.
Mis dedos temblaban al quitar la tapa. Adentro no había papeles de tierras. Había fotos. Fotos físicas de Valeria y Arturo, abrazados en una cabaña de madera rústica frente a un lago. Se veían radiantes, besándose con una pasión que Arturo me había dejado de dar décadas atrás. Al reverso de una, estaba escrito de su puño y letra: “Nuestro refugio en el Lago Arareco”. Había un recibo de luz con la dirección exacta en Creel. Él me había jurado que vendió esas tierras hace años. Todo fue una maldita mentira para construirle un nido de amor a la esposa de su propio hijo.
Cuando Diego pasó por los papeles, lo miré a los ojos buscando alguna pista. ¿Acaso él lo sabía y se lo tragaba por vergüenza? No. Mi hijo era un hombre bueno, íntegro. Lo abracé con una fuerza que lo sorprendió. “Te quiero mucho, mi muchacho”, le dije. En el fondo, me estaba despidiendo del hijo que aún no conocía el infierno.
Apenas se fue, agarré las llaves de mi carro viejo y manejé casi una hora hasta el lago. Mi estómago era un nudo. Cuando encontré la cabaña, oculta entre los pinos altos, supe que era el lugar. Estacioné lejos y me acerqué a pie. No había carros, pero la casa se veía impecable, viva. Forcé la ventana trasera de la cocina con un desarmador. A mis años, metiéndome a robar a una casa como una delincuente… pero la furia me daba fuerzas de juventud.
El interior me revolvió el estómago. Había revistas recientes, dos copas de vino a medio tomar en el fregadero. Pero lo peor estaba en la recámara. Abrí el clóset y vi los vestidos caros de Valeria colgados junto a camisas de hombre. ¡Eran las camisas de Arturo! Reconocí una polo azul que yo misma le regalé en su último cumpleaños. Empecé a llorar de rabia, sacando la ropa, hasta que vi la foto en el buró.
Era Valeria, hace unas semanas, abrazando a Arturo. Pero este Arturo se veía mayor, con más canas, y una pequeña cicatriz en la ceja que mi marido nunca tuvo. Sentí que me iba a dar un ataque al corazón. ¿Acaso mi esposo fingió su muerte? ¿Acaso el cuerpo que lloré en el ataúd no era de él?
Escuché el crujir de las llantas sobre la grava afuera. Alguien había llegado. Entré en pánico. Acomodé todo como pude, salí por la ventana raspándome los brazos y corrí a esconderme tras unos arbustos. Vi a un hombre alto, de espaldas, meter bolsas de comida a la cabaña. No me descubrió. Regresé a mi casa y esperé pacientemente a que llegara el jueves. El día de su cita.
El jueves por la tarde, manejé de nuevo a la cabaña. La camioneta de Valeria estaba ahí. Sentí que el pecho me iba a explotar. Caminé hasta la puerta de madera, escuchando de fondo una canción de Vicente Fernández, la favorita de Arturo. Sin pensarlo más, solté tres golpes secos en la puerta.
La música se detuvo de golpe. Escuché pasos acercándose. La manija giró y la puerta se abrió.
Ahí estaba él. El hombre del teléfono, el hombre de la foto. Era Arturo. Igual de alto, con la misma mirada profunda, pero con esa ligera cicatriz en la ceja. Sus ojos se abrieron como platos al verme, palideciendo como si viera un fantasma.
“Carmen…”, susurró, con una voz idéntica a la de mi esposo, pero con un acento ligerísimamente distinto.
Detrás de él, salió Valeria, acomodándose esa camisa azul a cuadros. Al verme, soltó un grito ahogado y se llevó las manos a la boca, aterrorizada.
“¿Qué haces aquí?”, balbuceó mi nuera, temblando como hoja.
“Dime quién eres”, le exigí al hombre, ignorándola por completo, sintiendo que me faltaba el aire y la rabia me quemaba la garganta.
Lo que salió de su boca me heló la sangre, me rompió el alma y me hizo desear estar muerta en ese mismo instante. Tienen que prepararse para esto…